jueves, abril 30, 2015

Cuestión de identidad: ¿Soy una enferma?



Cada una de nuestras identidades está formada por multitud de referencias, por un sentimiento de pertenencia a distintos grupos, por un resumen de nuestros gustos y capacidades, entre otros factores. Así, por ejemplo, yo soy una chica madrileña, bajita, soñadora y risueña a la que le gustan los gatos, leer y escribir, las redes sociales y el mundo virtual, los idiomas, que tiene los ojos verdes, ganas de visitar Venecia, asma… y un trastorno mental. 

El trastorno mental es sólo una parte más de nosotros, que define sólo un trocito de lo que somos, pero no nos reducimos a eso. Todos somos mucho más que un diagnóstico, que no deja de ser simplemente una etiqueta para orientar quizás mejor a tus profesionales o familiares cercanos o incluso a ti mismo en algunas ocasiones… pero sería un error si hiciéramos de nuestro diagnóstico el centro en torno al cual ponernos a dar vueltas. Aun sabiendo esto, y quizás por el autoestigma, muchas veces tendemos a reducir gran parte de nuestra identidad a nuestro trastorno, olvidándonos de nuestra riqueza interior y centrándonos en que, sobre y ante todo, llevamos esa enfermedad con nosotros. En mi caso cuando yo hago esto me centro en mis limitaciones, mis “no puedo”, me pongo más barreras para encontrar cosas que me gusten y a las que quiera dedicar mi tiempo, y en definitiva, me hago la vida un poco más difícil de lo que ya es de por sí. 

Porque casi siempre se habla de las connotaciones que lleva consigo tener un trastorno mental en negativo. Sufres un trastorno mental, padeces un trastorno mental. Por eso me gusta el sobretítulo que aparece en la página web de ActivaMent: “Colectivo activo de personas con la experiencia del trastorno mental”. Por todo, desde la palabra “colectivo” (el sistema nos quiere aislados, pero nos tendrán en común, y juntos y organizados resulta más fácil cambiar las cosas que aislados e incomunicados), siguiendo por “activo” (no nos resignamos de forma pasiva, sino que elegimos ser activos y actuar), hasta llegar al “con la experiencia del trastorno mental” (no somos simplemente enfermos, no es esa la característica que nos define como una totalidad, sino que tenemos en nuestra experiencia, junto a muchas otras, el haber pasado por un diagnóstico en salud mental, y nos juntamos con otras personas que, como nosotras, son mucho más que un enfermo). Y nos une también la necesidad de ser reconocidos como “personas” (la última de las palabras que aparece en esa frase en la web de ActivaMent), personas completas, distintas, no sólo un diagnóstico en un informe médico. Somos mucho más que una etiqueta en un manual de psiquiatría. 

Yo misma, cuando escribo esto, me doy cuenta de que no siempre soy capaz de vivirlo así. Cuántas veces, al conocer a alguien, he sentido miedo de cuando llegara el momento de decirle que tenía diagnosticada una discapacidad de salud mental. Cuántas veces, al querer hacer alguna función de voluntariado en mi barrio, me habré sentido incómoda ante la pregunta: “¿Y por qué no trabajas?”, con miedo a decir que estaba de baja por pasar por un momento de crisis, por una mala racha, por estar todavía recuperándome de algún ingreso. Como si lo más importante que tuviera que saber quien me conoce fuera que tengo una dolencia mental, ese diagnóstico, esa etiqueta que parece cubrirme por completo. 

Pero no. Porque si, ya con una pensión por incapacidad laboral, decido dedicar unas pocas horas a la semana a alguna labor de voluntariado, lo que debe importar es mi capacidad de compromiso, de responsabilidad con mis tareas, mis ganas de participar en la comunidad, y no los prejuicios que tenga la gente sobre la supuesta dificultad de relación de las personas con problemas de salud mental, y mucho menos sus prejuicios sobre los supuestos e hipotéticos problemas que llevamos con nosotros las personas con trastornos mentales a los lugares en los que participamos. 

Por eso, yo misma tengo que recordarme a menudo que soy mucho más que mi diagnóstico, que mi vida no está sólo limitada en cuatro paredes por mi trastorno mental. Que puedo y debo hacer cosas, participar en mi comunidad, en mi barrio, en mi ciudad, que puedo y debo levantar la voz ante lo que considero injusto, que puedo y debo unirme a otras personas con problemáticas similares para defendernos y apoyarnos mutuamente, como se hace en ActivaMent. Y no anclarme en el no puedo, porque estoy “enferma”, porque es fácil que llegue a ser una trampa que nos ponemos para reducir nuestras actividades a una zona de confort en la que no tenemos que enfrentarnos a retos, pero a la vez, al menos en mi caso soy consciente de que son esos retos los que hacen de mi vida algo que merece la pena. 

Sólo espero que llegue un día que yo también haya interiorizado del todo esto, y no me dé miedo que la gente sepa de mis problemas psiquiátricos porque ya no acarreen el gran estigma que hoy sí llevan consigo. Y que yo misma entienda que cuando alguien me conoce, mi diagnóstico no borra todo lo demás que hay en mí, sino que simplemente es una parte más de mi identidad, entre muchas otras cosas que también hablan de mí, de cómo y de quién soy.

lunes, marzo 16, 2015

Runrún

Cabeza alborotada, pensamientos desatados nuevamente, el cómopuedesdecireso como respuesta imaginaria a un grito de ayuda que no lanzas, que guardas dentro bajo siete candados, llaves tiradas al mar. Echas una mirada al calendario y ves que se acercan fechas que has pospuesto en demasiadas ocasiones, y que una parte de ti, pequeña y asustada, habla de volver a retrasar porque siempre habrá un momento... pero estás cansada, sientes que te haces trampas y sigues sin ver progresos por los que poder dar la batalla, seguir dándola, año tras año tras año.

El runrún sigue, me come por dentro, me taladra la cabeza instalándose aquí, justo detrás de los ojos, como la peor de las migrañas. El runrún crece y no deja que otros pensamientos más sanos tengan su hueco, crece y me hace chica, crece y me pisotea. El runrún ladra y cualquier otra voz sólo la oigo de fondo, porque en un temible primer plano está este runrún asesino.

Y veo el círculo por el que invariablemente vuelvo a transitar y me pregunto cuántas veces más tengo que pasar por aquí para tomar de una vez la decisión que me espera. Y vuelve el cómopuedesdecireso, cómo puedes no luchar, cómo puedes hacer tanto daño, cómo puedes, cómo puedes, cómo puedes... Y yo no sé cómo puedo ser tan mala, o estar tan loca, o ser tan egoísta... pero sí sé que la vida, esa vida que se me hace grande, que se me cae encima, en la que me falta el aire... está pudiendo conmigo.

Y sigue el runrún...

Blogger O SuSo susurró...

miércoles, febrero 18, 2015

Sentimiento crónico de vacío y desesperanza

Esta frase la encontré cuando, hace mil años y alguno más, quise buscar en manuales psiquiátricos que encontré en Internet los síntomas que se agrupaban bajo el epígrafe con el que me habían etiquetado. Leí la lista, vi que cumplía con unos cuantos y otros me resultaban más ajenos, y seguí con mi vida como buenamente pude o supe. Aunque alguna de esas frases resonaran en mi cabeza como lo que serían a partir de entonces definiciones de lo que soy, de lo que puedo llegar a ser, de lo que está fuera de mi alcance.

Sentimiento crónico de vacío y desesperanza. Y pareciera que todo mi Yo debiera englobarse ahí dentro, en esas seis palabras con las que es difícil cargar, tan limitantes, tan oscuras. "Vas a sentirte siempre vacía, podrás tener amigos, amores, proyectos varios, que ninguno te llenará ni servirá para paliar tu vacío interior", como profecía que suena a aquella del Dios contrariado expulsando a Adán y Eva del Paraíso. Y pesa la sentencia, pesa hasta hacerme encorvar, cuerpo encogido sobre sí mismo. 

Y mira que han pasado los años -mil y alguno más-, y ya hace tiempo que miro los manuales psiquiátricos de otra manera, ya no busco en ellos respuestas ni parecidos y el mismo DSM me parece parcial y hasta desacertado en ocasiones, instrumento de un sistema de control social contra el que me rebelo, en otras; pero aun así sigue pesándome encima el síntoma eterno, perenne, crónico: ese sentirme vacía y desesperanzada. 

¿De veras nada puede llenarme? ¿O es quizás que, renunciando a hacer cosas, renunciando a implicarme, a mojarme, a arriesgarme a salir a espacios fuera de mi control... me he quedado con tan sólo dos o tres cosas entre las que moverme sin salir de mi zona de confort, y así, tengo demasiados momentos vacíos que me cuesta llenar y en los que me es mucho más fácil recordar lo vacía que estoy, lo vacía que me siento? Igual no es cuestión de que esté vacía yo, aquí dentro, sino de que hay demasiados segundos, minutos, horas... que sí están vacíos de actividades, en los que sólo miro a la nada desde el sofá o elijo dormir bajo el edredón que me hace olvidar el frío.

Sentimiento crónico de vacío y desesperanza. Sí, vale, bien, esa es mi tendencia. Pero igual que un pez que remonta la corriente del río, quizás no necesariamente tengo que dejarme llevar siempre y en todo momento por mi tendencia natural, aun aceptando que sea esa. Y quizás hay que partir por buscar cosas que hacer, aunque no me entusiasmen de primeras, aunque me cueste ir al principio -o a la mitad siga costando-, aunque no sean lo que de repente da sentido a mi vida. Una vida no cobra sentido por salir de casa todos los días para hacer algo, por pequeño que sea este algo, pero al menos tendría menos tiempo para pensar en lo vacía y desesperanzada que me siento.

Ya lo he pensado, ya lo he escrito. ¿Cuándo lo traslado de la mente y la pantalla del ordenador al despertador matutino?

Blogger 1Fede Ἑρμῆς susurró...

miércoles, enero 28, 2015

Segunda piel


¿Puede ser el cuerpo una prisión? A veces, cuando la ansiedad sube y se hace grande en el pecho, en los pulmones cerrados de los que se escapa el aire; o también otras, cuando la frustración y la rabia salen a borbotones, ojos y puños apretados fuerte... casi parece que el cuerpo, mi cuerpo, es demasiado chiquito para todo lo que tiene dentro, demasiado pequeño en el poco más de metro y medio de estatura que ocupo. Poco espacio para contener todas mis sombras, toda la energía que guardo dentro (esa que no ocupo en levantarme temprano, ni en andar por el barrio haciendo algo de ejercicio, ni quizás en nada demasiado útil y sí en mucho ir y venir dentro de mi cabeza), toda la tormenta desatada que a veces soy y que este cuerpo no puede resguardar, porque donde llueve a mares es dentro y no fuera. Y puede que la vieja técnica de dar puñetazos a la almohada sirva para descargar un poco, o quizás llorarlo todo, derramarse toda y dejarse llorar también a mares, como la lluvia, dejarse llorar sorbiendo por la nariz, llorar hasta que los ojos se pongan rojos y no enfoquen bien, lente de cristal de agua salada translúcida. Pero hay veces que ni eso sirve, ni eso descarga lo que llevo dentro, y hay que recurrir a alternativas menos sanas, menos cuidadosas, pero que yo sí sé que por fin aflojan la presión y relajan sin estallar en bomba que alarme a los vecinos.

Y una sensación parecida a la de ese cuerpo-prisión, cuerpo-cárcel que se antoja pequeño, extraño, equivocado, también me viene a veces a la cabeza cuando el picor de esta piel-atópica-pequeña-pesadilla sube y sube, y sé que no me debo rascar pero sólo puedo pensar en eso, única idea que rebota en mi cabeza, y escuece la crema que se supone que trata la dermatitis cuando está descontrolada, y se descontrola también la cabeza en pensamientos que vienen y van y en ningún momento del paseo se aclaran. "Toma tres pastillas en vez de una", pienso y no lo hago porque algo de lucidez queda tras el picor. "No voy a poder dormir", pienso y me suelo equivocar, porque al final, siempre al final, horas después, el sueño me vence y acabo cayendo. 

Y pienso que ojalá tuviera otra piel, ojalá pudiera quitarme esta sin necesidad de desollarme, sólo bajando la cremallera de la espalda y desembarazándome así de este cuerpo que no funciona bien, de este recubrimiento que ha salido enfermizo, débil, quebradizo, frágil hasta la náusea, que no sirve, seco, indefenso. Pero busco la cremallera y no la encuentro, ilusión óptica, tatuaje que engaña a la vista y que la mano no atina a coger. No existe, no hay, no es. Toca cargar con esta piel, este cuerpo, igual que aprendí hace años que tocaba cargar con esta cabecita loca que llevo encima de mis hombros. Y sí, cargar no debería ser la palabra, ni para la cabecita enloquecida ni para el cuerpo, el envoltorio que tiene debajo... aunque a veces, demasiadas veces, lo sea. 

Tocará aprender a cuidar no sólo de la cabeza sino también de este cuerpo, cuidarlo y mimarlo incluso, confiando en que así responda de otra manera. Quizás esto es su forma de lanzarme S.O.S. porque no le escucho... ni a él ni a su piel. Pero no hay segunda piel debajo ni puedo pedir repuestos al taller de la esquina, me temo. Habrá que recoger el mensaje embotellado que me manda de la manera que sabe.

Blogger Sue Anna Joe susurró... Blogger Sue Anna Joe susurró... Blogger Gacela susurró...

domingo, enero 11, 2015

Crónicas navideñas 2014

Y pasaron otras Navidades más, y acabó el 2014 y entramos con buen pie en el 2015 y parecía que, por una vez, todo salía como se esperaba o incluso mejor. Para las fiestas nos reunimos toda mi chiquita familia y hasta los que llevaban años evitando coincidir en un mismo espacio-tiempo por aquello de no tener que dirigirse la palabra, se reunieron también y no saltaron las alarmas ni llovieron las puñaladas (aunque hubo algo parecido a una katana y también una estrella ninja que pasó de unas manos a otras).

Este año, que me pillaba ya siendo pensionista por enfermedad, tuve la sorpresa de la paga extra (años que llevaba sin ver algo así en mi cuenta bancaria), así que pude perderme varios días por distintas tiendas buscando el regalo que hiciera sonreír a mi madre, mi chico, mi prima ya-no-tan-pequeña, sin ir restando mentalmente de la cuenta corriente para no quedarme en números rojos. Y en la mañana del 25 de diciembre, nuestro árbol de Navidad amanecía como veis en la foto, casi con el cartel de "Completo".

También conseguí que la última noche del año, que para mí es especial aunque ya sé que es una hoja más del calendario... pero esa última noche la disfruté, primero con la familia de mi chico y la pequeña bebé que ha ido creciendo con ellos este año, y luego tomando las uvas, brindando y finalmente celebrando el nuevo año con nuestra gente en el centro social que hemos conseguido mantener abierto estos meses a pesar de la orden de desalojo que pende sobre él. 

Y ahora aquí estamos, con el 2015 ya iniciado y algunas de las mismas dudas que siempre tengo, de nuevo dando vueltas cabeza arriba, cabeza abajo. ¿Me mantendré mínimamente estable este año? ¿Tendré que visitar, como el año pasado y el anterior, la estancia de paredes blancas y mesas verdes? ¿Conseguiré organizar mi tiempo, plantearme actividades que me hagan salir de casa y, más importante aún, que me hagan sentir útil, válida, que me hagan sentir que despertarme día tras día merece la pena?

Es un año nuevo que está por construir, y ya veremos después si construyo una cárcel o un jardín soleado. La suerte está echada.

Blogger Fernando Arturo Demichelli Martinez susurró...

sábado, diciembre 20, 2014

Pesadilla

Amasijo informe de huesos y carne. Una puerta que no tiene pestillo y cualquiera puede abrir. Mi casa, mi cuarto, después de tanto tiempo soñando con casas antiguas y vivencias lejanas. Una ventana abierta. Desesperación, desesperación, desesperación. Un cuerpo que cae,
cae,




c
a
e




se desploma sin un grito. La desesperación es muda. Un patio que no es mi patio, una corrala en la que los vecinos se asoman a las ventanas para ver caer el peso muerto. No. No está muerto. Amasijo informe de huesos y carne, en el patio. Sangre. ¿Muerte? No. Ni siquiera después del exceso de valor, ni siquiera ahora la desesperación, muda y angustiosa, va a llegar a su fin. Entre la sangre y los huesos rotos, respiración. Ayuda. "Ayuda", pido en silencio, sin encontrar mi voz entre el amasijo informe de huesos y carne. Viene una niña agarrada a su muñeca. "No te acerques, es sólo basura". Basura que ensucia el patio, basura que enoja, enfada, hace fluir la rabia y concentrarse toda en ese bulto en el suelo del patio. Basura que intenta arrastrarse por el suelo, dejando tras de sí un reguero de sangre.

Despierto con la desesperación latiendo fuerte dentro y un sabor a sangre en mi boca. Otra pesadilla, sólo ha sido eso. Sueño vívido, claro, intenso, que no me abandona al despertar, y que vendrá a acunarme las siguientes noches. 

Por eso lo cuento, para sacarlo de mi cabeza. Por eso lo escribo, para que las letras queden quietas en la pantalla y no me persigan, también, esta noche.

sábado, diciembre 06, 2014

Amor... a pesar de los aviones

...porque el amor que alguna vez fue se queda para siempre, aunque nunca vuelva, aunque vivas otras cien vidas, cada amor deja un cerco imborrable en la superficie de la memoria.

(Marwan, del prólogo a A pesar de los aviones, de Diego Ojeda)

Yo soy quien soy también por los amores que fueron, los amores que viví intensamente, a veces con una sonrisa en los labios y otras derramándome en torrente de lágrimas. Amores, algunos, que quedaron atrás sin irse del todo nunca.

Amor, por ejemplo, hacia aquel chico impulsivo, torbellino de puños cerrados tratando de controlar la ira que en ocasiones le inundaba, pero todo ternura otras veces, dulzura, cuidados. El chico del pelo moreno cayendo en rizos sobre sus hombros, con una media sonrisa encantadora y unas manos grandes y fuertes, más alto de lo que yo llegaba de puntillas, con aquellas camisetas que gritaban rebeldía en palabras en euskera, las mismas que cantaba en canciones que yo no conseguía retener (y que hoy todavía me da por escuchar de cuando en cuando). Amor postadolescente que tuvo un punto final que no se merecía la historia que habíamos compartido, pero que fue el que tú necesitaste para poderte alejar. Y aun así, hoy sonrío y recuerdo lo bueno por encima de todo, incluso de aquella tarde soltando culebras por la boca a la salida del Metro de Cuatro Caminos. Y no olvido, no cedo al olvido, elijo recordarte con tus ojos transparentes y tu media sonrisa. Un cerco imborrable en la superficie de la memoria.

Amor, también, al muchacho mitad ciencias mitad letras, calmado, pensativo, dulce, más inteligente de lo que yo nunca seré, con el que me sonreí la primera vez que estuve en su casa y vi que compartíamos la mitad de la estantería. Un amor más fuerte quizás, más tranquilo y sereno también, sin apuestas arriesgadas, más un fondo a plazo fijo que llamadas al broker de turno. Uno de esos que cuando acaban te dejan perdida  al principio, preguntándote si todo lo que habías construido sería mentira, si la única verdad es que no existen los Parasiempre's ni los paratodalavida aunque cuando lo pronuncies te lo creas de verdad. Pero fue este un amor que se reinventó después de mucho trabajo mutuo, y que hoy permanece en mi vida de otra forma, ya no Amor del que hace temblar las piernas sino un quererse distinto, un conocerse bien y apoyarse, él con su chica, sus dos niños, sus dos carreras y su bici; yo con otro Él cerca, con mis libros y nuestros gatos.

Y como no hay una media naranja sino varias, no un Amor Verdadero sino amores cálidos con los que construyes caminos, ciudades, sueños... Hoy, además de los dos amores que me acompañan en el recuerdo, convivo con un tercero, el chico de ojos sonrientes que me parece tierno y divertido a partes iguales. El que echo de menos cuando coge aviones más allá de los mares para trabajar dieciocho horas de veinticuatro diarias, y espero en el aeropuerto cuando vuelve, nervios de niña chica al verle salir por la puerta 10 con su maleta. Un amor sereno también, sin voces arriba y abajo, que tira de mí siempre hacia arriba y me mantiene aceptablemente cuerda, o disimula la locura que se agazapa siempre dentro. 

Amores que una vez fueron y se quedaron en un huequito, amor que permanece en el centro a los casi nueve años cumplidos. Amores todos que arropan y dan calor, como el que dieron ayer, como el que inevitablemente seguirán dando mañana. En la memoria y en el presente, y como dice el libro... a pesar de los aviones.