martes, noviembre 04, 2014

Leyendo... (VIII)

Sigo descubriendo mundos apilados en mi lista de libros pendientes, y así, después de terminar de leer Inés y la alegría, empecé con una recopilación de distopías de autores y autoras españolas llamada Mañana todavía. Me apetecía volver a la ciencia ficción y no había leído nunca ciencia ficción nacional más allá de algunos relatos cuando colaboraba con el fanzine Nitecuento, hace... todos los años y algunos más. Por eso me decidí a empezar este libro, que terminé hace pocos días.

Me gusta pensar en futuros posibles y no tan posibles, en mañanas por construir o por evitar, en hacia dónde vamos, hacia dónde queremos ir y hacia dónde queremos no ir bajo ningún concepto. Y con estas lecturas hago eso, situarme en otros futuros y analizar si me gustarían o si quiero intentar cambiar el presente para cambiar el mañana. Hago eso también en mi día a día, esta misma semana, pensando en un mes de noviembre que anticipo frío y dañino y que luego quizá no lo será tanto, si puedo cambiar cada día desde que suene el despertador.

Y mientras leía uno de los relatos en concreto de esta antología, me sorprendía encontrarme con un mañana que para mí podía ser deseable, un mañana más igualitario, sin el machismo salvaje que asesina decenas de mujeres al año sólo en nuestro país, sin ese machismo que permite que roles enquistados en la tradición ahoguen a personas que no encajan en la horma, el mismo machismo que tolera que la representante de los empresarios diga que contratar mujeres en edad fértil es un error estratégico porque igual les da por quedarse embarazadas, y muchos ejemplos más a los que podría acudir para retratar la sociedad patriarcal en la que vivimos. Pero este mañana más igualitario, en el relato era retorcido para ridiculizar la situación, y con ello ridiculizar las pretensiones del movimiento feminista hasta el absurdo. 

Lo hablaba con unos amigos el otro día y me daba cuenta de que, en efecto, probablemente la gente en las antípodas de mi ideología, desea mañanas opuestos a los que yo deseo, y quizá hasta tema que se hagan realidad cosas que yo deseo para el futuro, no sólo para el mío, sino para mi gente, para mi clase, para mi género. Porque hay gente que disfruta de sus privilegios (sean estos de clase, género u otros) sin cuestionarse que al ejercerlos oprime al de al lado, y porque sólo se entiende que unos estén tan arriba porque hay cientos abajo, siendo pisoteados (y pisoteadas).

Yo tiendo a pensar en mañanas grises de más, los anticipo sin querer y me duelen tiempo antes de presentarse en el calendario. Pero a la vez, salgo a la calle e intento construir mañanas más justos, más amables, más solidarios, donde el apoyo mutuo le gane la batalla al egoísmo y al capitalismo feroz que amenaza con devorarnos. Y quizá, igual que intento hacer realidad esos mañanas más luminosos, cálidos, humanos, por los que peleo... quizá mis mañanas cotidianos también puedan serlo. Más cálidos, luminosos, manejables. Hasta en noviembre.

martes, octubre 21, 2014

Las calles de mi barrio cuentan historias (I)

"Duerme menos y sueña más". Pero sueña con los ojos abiertos, porque el mañana se construye intentando hacer realidad los sueños de hoy. Sueña utilizando esos sueños como la utopía de la que habla Galeano, esa que sirve para continuar andando, sin dejarte caer en una de las sillas al borde del camino que, tramposas, nos invitan a sentar. 

"Duerme menos y sueña más". Porque el mundo bajo el edredón no puede ser toda tu realidad, más aún cuando llevas una buena racha en que esa pseudorealidad también se te vuelve en contra, pesadilla tras pesadilla despertándote de madrugada con el aliento contenido por la angustia.

"Duerme menos y sueña más". Y según ves el mensaje te acuerdas de aquel ciclista desconocido que se paró una vez al pasar junto a esa chica llorando en un banco que fuiste, con aquel amor roto en pedazos en el regazo, y le hizo un dibujo en una servilleta sólo para hacerla sonreír. A eso me recuerdan los mensajes que alguien está dejando en las calles de mi barrio, que a mí me dibujan sonrisas y me hacen sacar la cámara.

"Duerme menos y sueña más". Dibuja el mundo que quieres, uno que te sea propio en vez de ese mundo ajeno en el que a veces te sientes encerrada. Constrúyete un mañana menos hostil, con menos angustias, menos lágrimas, más independencia y autonomía, más capacidades. Peléate tus sueños. Duerme menos y sueña más.

Blogger O SuSo susurró...

domingo, septiembre 28, 2014

Leyendo... (VII): Inés y la alegría


-Usted... quiero decir, tú... ¿eres como ellos? -al escucharla me eché a reír.
-¿Roja, quieres decir? -me dedicó una sonrisa tímida, incompleta, como si le diera vergüenza contestar a mi pregunta-. Sí, soy roja. ¿Tú no?
-Yo... yo no sé lo que soy. Mis padres no eran de nada y cuando empezó la guerra, tenía catorce años, pero... -empezó a mover la cabeza, para negar cada vez con más vehemencia-. Lo que sí sé es que no me gusta que me digan lo que tengo que hacer, ¿sabes? Y que estoy hasta aquí -y se llevó dos dedos a la cabeza para apresar un mechón de pelo entre las yemas- de que todo sea pecado, de que todo esté prohibido, y de que todo el mundo tenga derecho a meterse en mi vida.
-Pues ten cuidado, Montse, porque por ahí se empieza.

("Inés y la alegría" - Almudena Grandes)

Inés, que sale de la oscuridad de la cárcel, del convento, del encierro de su hermano falangista. Inés, que lucha por sus ideas, por sus afectos, por su gente y un país pintado de tricolor. Inés, que descubre su lugar poco a poco y se lo pelea también, que confía en el manyana desde un hoy gris, que cocina poniendo los cinco sentidos y el carinyo o las lágrimas, y así le queda la comida amarga o para chuparse los dedos. Que se la juega con las cartas que tiene por las ideas en las que cree y el futuro con el que suenya. Inés, valiente a la que se le derraman lágrimás más de una vez, a la que le tiembla la mano en otras ocasiones sin por ello dejar de tener esa valentía en el cuerpo y el brillo fiero y dulce en los ojos. Inés, a través de cuyos ojos contemplamos lo que pudo ser y no, el país tan distinto que podríamos haber sido y no, no nos dio la suerte, las cartas, el viento de cara. Y aun así, entre la pena, la alegría; entre la frustación, la reconstrucción; frente al dejarse llevar, elegir rearmarse, levantarse y vivir la vida que tienes, que no será la que sonyaste pero igual se le parece, si no hoy, manyana.

Inés y la alegría. Si tenéis ocasión, leedlo. Por Inés y la memoria de tantos.

miércoles, agosto 20, 2014

La noche de la marmota

Casi nunca suenyo con mi Yo actual. A veces sí que incluyo en mis suenyos a algunas personas que he conocido recientemente, o en los últimos anyos, pero en la mayor parte de ocasiones, a quien acompanyan no es a mí sino a un Yo que fui un día, un Yo mucho más lleno de miedos, de tabúes, de barreras, de límites. Un Yo mucho más asustado, mucho más chiquito, y que quisiera no olvidar pero sí tener algo  menos presente. Pero en las noches vuelvo a ser esa chica que se sentía inmensamente sola (y realmente, lo estaba bastante también), esa chica con mil problemas para relacionarse, que encontraba placer en hacerse danyo como manera de localizar el dolor en algún sitio físico y no ese todo que la envolvía.

Por ejemplo, nunca suenyo con mi casa actual, ni con la anterior. Siempre que en suenyos visito mi casa, vuelvo a la casa donde viví hasta poco más de los veinte anyos, antes de que mi madre se independizara ya que mi hermano y yo no lo hacíamos y yo me tuviera que ir a vivir sola a un estudio para descubrir aquello que decía la canción de que la soledad y yo no nos llevamos bien. Siempre vuelvo a aquella casa, a mi cuarto sin luz natural y el salón pequeña Habana, y la plaga de cucarachas en la cocina, y la dejadez y el desorden donde miraras. 

En concreto, llevo entre una semana y diez días retomando cada noche algo que empezó siendo un suenyo incómodo y que cuando vuelve siete o diez noches después, ya es más pesadilla que otra cosa. Mis miedos de los dieciséis anyos vuelven y se instalan cada noche en mi cabecita loca, y de nuevo tengo que enfrentarme -como si siguiera atrapada en un maldito Día de la Marmota adolescente-, con exámenes a los que no puedo acudir por sufrir una crisis de angustia, a horas de clase encerrada en el banyo dibujando heridas sobre mi piel blanca, a la incomprensión de mi entorno cuando no burlas y risas... noche tras noche tras noche.

Ya lo viví en su día y me marcó, moldeó mi personalidad hasta hacerme la chica inestable que soy hoy, la que cuenta pastillas cuando su cabeza se le vuelve en contra, la que tiene una autoestima sujeta con alfileres. No quiero que cuando se supone que debo descansar, por las noches, tenga que revivir cosas que debí dejar atrás hace anyos. Pero vuelve, siempre vuelve. Atrapada por un pasado al que me siento más anclada de lo que quisiera, como si no pudiera evolucionar. No quiero olvidar, sé que eso forma parte de mí y que ha contribuido a dibujarme como soy ahora... pero me gustaría no despertarme a las seis de la manyana con el grito de angustia atenazando mi garganta. ¿Es mucho pedir?

Blogger Shere Tur Tur susurró... Blogger Shere Tur Tur susurró... Blogger Gacela susurró... Blogger Shere Tur Tur susurró...

jueves, julio 31, 2014

Una de las nuestras... o no

No sé por qué me apena sentirme fuera de algo que, en realidad, nunca he sentido como propio. Un lugar que, a pesar de estar en él parte de mi gente, de ser en teoría afín ideológicamente... siempre me ha resultado algo ajeno. Yo no cuadraba bien ahí, aunque me importara, aunque lo peleara. Pero no era mi lugar, mi espacio, mi sitio. 

Por eso quizá no me impliqué tanto como hubiera debido, y supongo que esa no-implicación contribuyó a la lejanía y a la desmotivación. Aun así, me alegraba cuando llegaban noticias buenas y las ocasiones en que desde el lugar se reclamó ayuda, los momentos críticos, me tuvieron cerca, apoyando (aunque llegaría la ocasión en que eso se me echaría en cara: "solo has apoyado en los momentos críticos"). Quizá solo sentí que pude aportarles algo útil en esos momentos, cuando se me explicitó una necesidad que yo podía cubrir. Porque sí, de cara a la galería el mantra era "esto lo construimos entre todos". Pero a mí me cuesta saber qué puedo aportar (no solo a este proyecto, es una sensación que me acompanya), y mientras que en otros proyectos, en otras situaciones... he ido ganando confianza, soltándome y sintiéndome más segura día a día, más capaz... en este no dejaba de sentirme cuestionada, o quizá no tanto, quizá solo... de más. 

No puedo decir que no lo intentara. Al principio participé en distintas actividades. Cuando supe de algo que podía hacer, algo concreto y tangible que estuviera en mi mano, no dudé en hacerlo.  Y a raíz del último "momento crítico", me propuse implicarme más, participar, intentar que el proyecto aguantara y no se fuera por la borda el trabajo que -sobre todo el resto- habían realizado hasta ese día. Me lo propuse y pensaba llevarlo a cabo.

Hasta que de nuevo... ahí estás, de más, con unas prioridades que no son compartidas, con un trato que confirma esa no-pertenencia al lugar, porque solo has estado en los momentos críticos, porque echas por la borda el trabajo de los demás o eso te echan en cara, porque no estuviste presente cuando se decidió algo que no compartes y que parece ser que es inamovible y si no lo asumes estás contra el proyecto mismo, porque cuando algo piensas que no funciona, no lo tapas y así contribuyes a estropear la imagen ¿de armonía? ¿de unidad? ¿el espejismo? Porque sí, para mí el proyecto no es una marca y yo no quiero vender motos, sino que me lo creo y no quiero que otros se aprovechen del trabajo de muchos para dar alas a sus propios proyectos con sus lecciones de marketing por encima de la identidad del lugar que intento defender.

Pero a lo mejor es verdad, y no es la primera vez que lo vivo. Es cierto que no he estado tan implicada como otros. Que he venido cuando se ha solicitado ayuda, y ahí he ofrecido mis manos, mi cabeza, mi firma si hacía falta. Pero igual y con todo, no soy una más. Este nunca fue mi espacio, ni siquiera aunque a veces haya pensado que sí. Y para guerras perdidas, ya tuve una reciente que me dejó con pocas fuerzas para emprender otras reconquistas.

Alguna vez me gustaría pensar "ahí os lo dejo, con vuestro pan os lo comáis". Pero ni siquiera, porque sigue habiendo gente ahí que considero mi gente, porque sigo alegrándome de las buenas noticias cuando éstas llegan y sigo pensando que ahí construimos ("construyeron" será más exacto, supongo) algo distinto. Pero sigo cuestionándome si mi firma tiene sentido ahí, habiéndome sentido maltratada en alguna ocasión por los mismos a los que ésta apoya. Si tiene sentido llenarme de barro metiéndome hasta la cintura en un charco... para ni siquiera ser bien recibida al salir. Y no llego a ninguna conclusión. Me temo que, al más puro estilo Escarlata O'Hara... ya lo pensaré manyana.

Blogger James susurró...

lunes, junio 30, 2014

No me mandes a la cama

Algunos días son pereza y sopor. Remolonear en la cama hasta que dan las demasiadotarde, hacer un listado mental de obligaciones incumplidas, acumular dejadez en cada poro del cuerpo, rodar hasta el sofá y dejar que la inacción nos haga mimetizarnos con el dibujo de la funda que lo cubre. Hacer un cálculo simple para comprobar que, otro día más, has estado dormida más tiempo del que has estado despierta. Dejar que pasen las horas con el único objetivo de llegar al final de este día (también) y poder decir que has superado otro día más, otro de los que pasan sin pena ni gloria, sin dejar más rastro que tierra baldía tras de sí. Sólo otro día más, como si a fuerza de pasar hojas del calendario le fueras a acabar encontrando sentido a algún día futuro.

Pero otros días son distintos. Días que se ven venir desde la noche anterior, en la que a lo mejor te cuesta algo más dormir porque tu cabeza piensa en las actividades del día siguiente, que son pequenyos retos por ser actividades distintas a las habituales y con una utilidad clara, que te hacen ponerte el despertador y levantarte, por una vez, sin retrasos y con ganas. Con ganas de aprovechar el día, de enfrentarte a lo que traiga, sabiendo que tus minutos despierta pueden serle valiosos a otra persona a la que vas a apoyar junto a un buen puñado de otra gente solidaria y concienciada. 

Y tu cabeza va a mil por hora cuando te levantas, casi como hace mil o dos mil anyos, antes de que las pastillas, las gotas y las inyecciones pusieran radares de velocidad máxima ahí en tu cabecita loca y los pensamientos aprendieran a ir más lentos, lentos, l-e-n-t-o-s...

Y sientes nervios en un estómago en el que apenas entra un yogur, pero no son nervios de los que te paralizan sino nervios que te empujan a la acción, nervios que hacen que cuando sales de casa tu paso sea un poco más rápido del habitual y que no sientas el fresco del aire de primera hora de la manyana. Y con ese paso llegas a tu destino, que puede ser una casa de la que quieren echar a sus habitantes, dentro de la lógica de mercado bajo la que sólo quien puede pagar un techo tiene derecho a él; o quizás un banco donde atraparon los suenyos de algún incauto y ahora le exigen que pague céntimo tras céntimo a pesar de no tener ya casa, ni suenyos, ni céntimo alguno. O tal vez tus pasos te llevan a algún juzgado a presentar escritos para intentar que el juez de turno entienda que no puede dejar a una familia en la calle sin ofrecerles alternativas. O quizá sea a alguna de esas entidades que se supone que gestionan viviendas sociales para personas y familias sin medios, y que lo que en realidad están haciendo es vendérselas a fondos buitre para engrosar las arcas con las que pagar los sobres, las comisiones, los sobornos y una deuda ilegítima que se ha vuelto más importante que la sanidad o la educación. 

Esos días son distintos. Son días valiosos, que no pasan como uno más. Son días en los que te alegras de haber estado despierta tantas horas, porque los minutos han tenido un sentido. Y por eso, hay veces que me empenyo en alargar hasta altas horas de la manyana esos días en que me siento bien. Seguiría tomando algo con mi gente, seguiría despierta y activa y en la calle, porque luego nunca sé cuándo va a volver un buen día. Quizá pronto, pero quizá no tanto. Así que entiende que cuando estoy en lo alto, arriba, en mi cumbre, no me quiera dormir. Duermo demasiado los días de dejadez. Cuando tengo días en los que me siento activa, viva... no me mandes a la cama ;-)

viernes, mayo 30, 2014

Día D, hora H

Pon una chincheta en el calendario marcando el día. Supera la parálisis que te provocan esos nervios exacerbados que tan bien conoces y recopila informes, papeles, recomendaciones médicas, todo un historial. ¿Desde cuánto tiempo atrás? No sé, tú ve buscando, ordena cronológicamente y luego ya veremos cuándo paramos.

Dudas si te creerán, si te conocerán en unos pocos minutos y leyendo los informes que aportes. Dudas si te tildarán de quejica sin motivos, de aprovechada del sistema, de vaga redomada. A veces tú misma tienes estas dudas cuando te miras al espejo.

Pero luego escuchas otras voces en tu cabeza. Los derechos que tienes y que puedes reclamar. Los riesgos para tu salud que es mejor no correr, no seguir corriendo. El apoyo de algunos amigos, incluso con dudas pero apoyándote en tu decisión. La enfermera que te pincha cada tres semanas diciéndote adelante.

Esta chincheta, esta hoja del calendario no es la valoración definitiva, será un primer acercamiento, un primer ensayo. Si tienen ojos y oídos cerrados, si no miran / no escuchan, si no entienden... volveremos a la carga mejor pertrechados, defenderemos la posición, los derechos que me he ganado reclamar.

Y como me conozco, sé que de aquí al día D, hora H, habrá angustias, noches difíciles poniéndome a prueba, días desperdiciados en la cama con la culpabilidad reconcomiéndome. Pero el calendario seguirá adelante. 9 de junio, allá vamos.

Blogger LastChild susurró...