miércoles, febrero 18, 2015

Sentimiento crónico de vacío y desesperanza

Esta frase la encontré cuando, hace mil años y alguno más, quise buscar en manuales psiquiátricos que encontré en Internet los síntomas que se agrupaban bajo el epígrafe con el que me habían etiquetado. Leí la lista, vi que cumplía con unos cuantos y otros me resultaban más ajenos, y seguí con mi vida como buenamente pude o supe. Aunque alguna de esas frases resonaran en mi cabeza como lo que serían a partir de entonces definiciones de lo que soy, de lo que puedo llegar a ser, de lo que está fuera de mi alcance.

Sentimiento crónico de vacío y desesperanza. Y pareciera que todo mi Yo debiera englobarse ahí dentro, en esas seis palabras con las que es difícil cargar, tan limitantes, tan oscuras. "Vas a sentirte siempre vacía, podrás tener amigos, amores, proyectos varios, que ninguno te llenará ni servirá para paliar tu vacío interior", como profecía que suena a aquella del Dios contrariado expulsando a Adán y Eva del Paraíso. Y pesa la sentencia, pesa hasta hacerme encorvar, cuerpo encogido sobre sí mismo. 

Y mira que han pasado los años -mil y alguno más-, y ya hace tiempo que miro los manuales psiquiátricos de otra manera, ya no busco en ellos respuestas ni parecidos y el mismo DSM me parece parcial y hasta desacertado en ocasiones, instrumento de un sistema de control social contra el que me rebelo, en otras; pero aun así sigue pesándome encima el síntoma eterno, perenne, crónico: ese sentirme vacía y desesperanzada. 

¿De veras nada puede llenarme? ¿O es quizás que, renunciando a hacer cosas, renunciando a implicarme, a mojarme, a arriesgarme a salir a espacios fuera de mi control... me he quedado con tan sólo dos o tres cosas entre las que moverme sin salir de mi zona de confort, y así, tengo demasiados momentos vacíos que me cuesta llenar y en los que me es mucho más fácil recordar lo vacía que estoy, lo vacía que me siento? Igual no es cuestión de que esté vacía yo, aquí dentro, sino de que hay demasiados segundos, minutos, horas... que sí están vacíos de actividades, en los que sólo miro a la nada desde el sofá o elijo dormir bajo el edredón que me hace olvidar el frío.

Sentimiento crónico de vacío y desesperanza. Sí, vale, bien, esa es mi tendencia. Pero igual que un pez que remonta la corriente del río, quizás no necesariamente tengo que dejarme llevar siempre y en todo momento por mi tendencia natural, aun aceptando que sea esa. Y quizás hay que partir por buscar cosas que hacer, aunque no me entusiasmen de primeras, aunque me cueste ir al principio -o a la mitad siga costando-, aunque no sean lo que de repente da sentido a mi vida. Una vida no cobra sentido por salir de casa todos los días para hacer algo, por pequeño que sea este algo, pero al menos tendría menos tiempo para pensar en lo vacía y desesperanzada que me siento.

Ya lo he pensado, ya lo he escrito. ¿Cuándo lo traslado de la mente y la pantalla del ordenador al despertador matutino?

miércoles, enero 28, 2015

Segunda piel


¿Puede ser el cuerpo una prisión? A veces, cuando la ansiedad sube y se hace grande en el pecho, en los pulmones cerrados de los que se escapa el aire; o también otras, cuando la frustración y la rabia salen a borbotones, ojos y puños apretados fuerte... casi parece que el cuerpo, mi cuerpo, es demasiado chiquito para todo lo que tiene dentro, demasiado pequeño en el poco más de metro y medio de estatura que ocupo. Poco espacio para contener todas mis sombras, toda la energía que guardo dentro (esa que no ocupo en levantarme temprano, ni en andar por el barrio haciendo algo de ejercicio, ni quizás en nada demasiado útil y sí en mucho ir y venir dentro de mi cabeza), toda la tormenta desatada que a veces soy y que este cuerpo no puede resguardar, porque donde llueve a mares es dentro y no fuera. Y puede que la vieja técnica de dar puñetazos a la almohada sirva para descargar un poco, o quizás llorarlo todo, derramarse toda y dejarse llorar también a mares, como la lluvia, dejarse llorar sorbiendo por la nariz, llorar hasta que los ojos se pongan rojos y no enfoquen bien, lente de cristal de agua salada translúcida. Pero hay veces que ni eso sirve, ni eso descarga lo que llevo dentro, y hay que recurrir a alternativas menos sanas, menos cuidadosas, pero que yo sí sé que por fin aflojan la presión y relajan sin estallar en bomba que alarme a los vecinos.

Y una sensación parecida a la de ese cuerpo-prisión, cuerpo-cárcel que se antoja pequeño, extraño, equivocado, también me viene a veces a la cabeza cuando el picor de esta piel-atópica-pequeña-pesadilla sube y sube, y sé que no me debo rascar pero sólo puedo pensar en eso, única idea que rebota en mi cabeza, y escuece la crema que se supone que trata la dermatitis cuando está descontrolada, y se descontrola también la cabeza en pensamientos que vienen y van y en ningún momento del paseo se aclaran. "Toma tres pastillas en vez de una", pienso y no lo hago porque algo de lucidez queda tras el picor. "No voy a poder dormir", pienso y me suelo equivocar, porque al final, siempre al final, horas después, el sueño me vence y acabo cayendo. 

Y pienso que ojalá tuviera otra piel, ojalá pudiera quitarme esta sin necesidad de desollarme, sólo bajando la cremallera de la espalda y desembarazándome así de este cuerpo que no funciona bien, de este recubrimiento que ha salido enfermizo, débil, quebradizo, frágil hasta la náusea, que no sirve, seco, indefenso. Pero busco la cremallera y no la encuentro, ilusión óptica, tatuaje que engaña a la vista y que la mano no atina a coger. No existe, no hay, no es. Toca cargar con esta piel, este cuerpo, igual que aprendí hace años que tocaba cargar con esta cabecita loca que llevo encima de mis hombros. Y sí, cargar no debería ser la palabra, ni para la cabecita enloquecida ni para el cuerpo, el envoltorio que tiene debajo... aunque a veces, demasiadas veces, lo sea. 

Tocará aprender a cuidar no sólo de la cabeza sino también de este cuerpo, cuidarlo y mimarlo incluso, confiando en que así responda de otra manera. Quizás esto es su forma de lanzarme S.O.S. porque no le escucho... ni a él ni a su piel. Pero no hay segunda piel debajo ni puedo pedir repuestos al taller de la esquina, me temo. Habrá que recoger el mensaje embotellado que me manda de la manera que sabe.

Blogger Sue Anna Joe susurró... Blogger Sue Anna Joe susurró... Blogger Gacela susurró...

domingo, enero 11, 2015

Crónicas navideñas 2014

Y pasaron otras Navidades más, y acabó el 2014 y entramos con buen pie en el 2015 y parecía que, por una vez, todo salía como se esperaba o incluso mejor. Para las fiestas nos reunimos toda mi chiquita familia y hasta los que llevaban años evitando coincidir en un mismo espacio-tiempo por aquello de no tener que dirigirse la palabra, se reunieron también y no saltaron las alarmas ni llovieron las puñaladas (aunque hubo algo parecido a una katana y también una estrella ninja que pasó de unas manos a otras).

Este año, que me pillaba ya siendo pensionista por enfermedad, tuve la sorpresa de la paga extra (años que llevaba sin ver algo así en mi cuenta bancaria), así que pude perderme varios días por distintas tiendas buscando el regalo que hiciera sonreír a mi madre, mi chico, mi prima ya-no-tan-pequeña, sin ir restando mentalmente de la cuenta corriente para no quedarme en números rojos. Y en la mañana del 25 de diciembre, nuestro árbol de Navidad amanecía como veis en la foto, casi con el cartel de "Completo".

También conseguí que la última noche del año, que para mí es especial aunque ya sé que es una hoja más del calendario... pero esa última noche la disfruté, primero con la familia de mi chico y la pequeña bebé que ha ido creciendo con ellos este año, y luego tomando las uvas, brindando y finalmente celebrando el nuevo año con nuestra gente en el centro social que hemos conseguido mantener abierto estos meses a pesar de la orden de desalojo que pende sobre él. 

Y ahora aquí estamos, con el 2015 ya iniciado y algunas de las mismas dudas que siempre tengo, de nuevo dando vueltas cabeza arriba, cabeza abajo. ¿Me mantendré mínimamente estable este año? ¿Tendré que visitar, como el año pasado y el anterior, la estancia de paredes blancas y mesas verdes? ¿Conseguiré organizar mi tiempo, plantearme actividades que me hagan salir de casa y, más importante aún, que me hagan sentir útil, válida, que me hagan sentir que despertarme día tras día merece la pena?

Es un año nuevo que está por construir, y ya veremos después si construyo una cárcel o un jardín soleado. La suerte está echada.

Blogger Fernando Arturo Demichelli Martinez susurró...

sábado, diciembre 20, 2014

Pesadilla

Amasijo informe de huesos y carne. Una puerta que no tiene pestillo y cualquiera puede abrir. Mi casa, mi cuarto, después de tanto tiempo soñando con casas antiguas y vivencias lejanas. Una ventana abierta. Desesperación, desesperación, desesperación. Un cuerpo que cae,
cae,




c
a
e




se desploma sin un grito. La desesperación es muda. Un patio que no es mi patio, una corrala en la que los vecinos se asoman a las ventanas para ver caer el peso muerto. No. No está muerto. Amasijo informe de huesos y carne, en el patio. Sangre. ¿Muerte? No. Ni siquiera después del exceso de valor, ni siquiera ahora la desesperación, muda y angustiosa, va a llegar a su fin. Entre la sangre y los huesos rotos, respiración. Ayuda. "Ayuda", pido en silencio, sin encontrar mi voz entre el amasijo informe de huesos y carne. Viene una niña agarrada a su muñeca. "No te acerques, es sólo basura". Basura que ensucia el patio, basura que enoja, enfada, hace fluir la rabia y concentrarse toda en ese bulto en el suelo del patio. Basura que intenta arrastrarse por el suelo, dejando tras de sí un reguero de sangre.

Despierto con la desesperación latiendo fuerte dentro y un sabor a sangre en mi boca. Otra pesadilla, sólo ha sido eso. Sueño vívido, claro, intenso, que no me abandona al despertar, y que vendrá a acunarme las siguientes noches. 

Por eso lo cuento, para sacarlo de mi cabeza. Por eso lo escribo, para que las letras queden quietas en la pantalla y no me persigan, también, esta noche.

sábado, diciembre 06, 2014

Amor... a pesar de los aviones

...porque el amor que alguna vez fue se queda para siempre, aunque nunca vuelva, aunque vivas otras cien vidas, cada amor deja un cerco imborrable en la superficie de la memoria.

(Marwan, del prólogo a A pesar de los aviones, de Diego Ojeda)

Yo soy quien soy también por los amores que fueron, los amores que viví intensamente, a veces con una sonrisa en los labios y otras derramándome en torrente de lágrimas. Amores, algunos, que quedaron atrás sin irse del todo nunca.

Amor, por ejemplo, hacia aquel chico impulsivo, torbellino de puños cerrados tratando de controlar la ira que en ocasiones le inundaba, pero todo ternura otras veces, dulzura, cuidados. El chico del pelo moreno cayendo en rizos sobre sus hombros, con una media sonrisa encantadora y unas manos grandes y fuertes, más alto de lo que yo llegaba de puntillas, con aquellas camisetas que gritaban rebeldía en palabras en euskera, las mismas que cantaba en canciones que yo no conseguía retener (y que hoy todavía me da por escuchar de cuando en cuando). Amor postadolescente que tuvo un punto final que no se merecía la historia que habíamos compartido, pero que fue el que tú necesitaste para poderte alejar. Y aun así, hoy sonrío y recuerdo lo bueno por encima de todo, incluso de aquella tarde soltando culebras por la boca a la salida del Metro de Cuatro Caminos. Y no olvido, no cedo al olvido, elijo recordarte con tus ojos transparentes y tu media sonrisa. Un cerco imborrable en la superficie de la memoria.

Amor, también, al muchacho mitad ciencias mitad letras, calmado, pensativo, dulce, más inteligente de lo que yo nunca seré, con el que me sonreí la primera vez que estuve en su casa y vi que compartíamos la mitad de la estantería. Un amor más fuerte quizás, más tranquilo y sereno también, sin apuestas arriesgadas, más un fondo a plazo fijo que llamadas al broker de turno. Uno de esos que cuando acaban te dejan perdida  al principio, preguntándote si todo lo que habías construido sería mentira, si la única verdad es que no existen los Parasiempre's ni los paratodalavida aunque cuando lo pronuncies te lo creas de verdad. Pero fue este un amor que se reinventó después de mucho trabajo mutuo, y que hoy permanece en mi vida de otra forma, ya no Amor del que hace temblar las piernas sino un quererse distinto, un conocerse bien y apoyarse, él con su chica, sus dos niños, sus dos carreras y su bici; yo con otro Él cerca, con mis libros y nuestros gatos.

Y como no hay una media naranja sino varias, no un Amor Verdadero sino amores cálidos con los que construyes caminos, ciudades, sueños... Hoy, además de los dos amores que me acompañan en el recuerdo, convivo con un tercero, el chico de ojos sonrientes que me parece tierno y divertido a partes iguales. El que echo de menos cuando coge aviones más allá de los mares para trabajar dieciocho horas de veinticuatro diarias, y espero en el aeropuerto cuando vuelve, nervios de niña chica al verle salir por la puerta 10 con su maleta. Un amor sereno también, sin voces arriba y abajo, que tira de mí siempre hacia arriba y me mantiene aceptablemente cuerda, o disimula la locura que se agazapa siempre dentro. 

Amores que una vez fueron y se quedaron en un huequito, amor que permanece en el centro a los casi nueve años cumplidos. Amores todos que arropan y dan calor, como el que dieron ayer, como el que inevitablemente seguirán dando mañana. En la memoria y en el presente, y como dice el libro... a pesar de los aviones.

domingo, noviembre 30, 2014

Informe meteorológico

A veces soy como el cielo, me nublo sin razón aparente, primero en blanco, luego en grises y finalmente en casi negro, y ni el sol puede asomarse a través de mis pensamientos oscuros-oscuros, ni las llamadas de mi gente consiguen hacerme salir de casa, porque sé que en cualquier momento puedo descargarme en lluvia torrencial que mis ojos no pueden contener. Y para qué vamos a quitarnos el pijama si estoy tan gris por dentro, y para qué intentar ilusionarme con nada si estoy tan nublada y rota, y para qué salir de debajo del edredón si el frío que tengo no entiende de mantas ni radiadores.

El miedo es que ese a veces no sea de cuando en cuando sino que se instale y compartamos dirección postal. El miedo es que el chaparrón no pase y las alcantarillas no sean suficiente y acaben las calles anegadas, la ropa nunca seque y todos mis zapatos calen. El miedo, digo, es que la ilusión sea algo permanentemente ajeno, y no consiga sentir propio ningún proyecto, y me aleje de todo y de todos para encerrarme bajo siete llaves. El miedo es ver cómo los únicos pasos que doy son en esa dirección y casi sería mejor quedarse quieta, paralizada, como si la Medusa me hubiera mirado fijamente y mis ojos se hubieran cruzado demasiado tiempo con los suyos, y ¡zas!, mi cuerpo se hubiera petrificado para siempre.

Así que me quedo en casa y oigo primero un pling-pling contra el cristal, las primeras gotas que poco a poco van transformándose en una lluvia constante, y me doy cuenta de que he olvidado cerrar las ventanas y el agua está entrando en el salón, en el dormitorio, en el baño; y al poco me doy cuenta de que yo misma acompaño a la lluvia, yo lluevo también, y las nubes negras están dentro y fuera de mi casa, dentro y fuera de mi cabeza, y la tormenta no cesa, y los truenos hacen que los gatos maúllen atemorizados y corran a esconderse bajo la cama... pero yo no quepo en su escondite y sólo me queda esperar a que, tal vez mañana o al otro o cuando cambie la estación, la lluvia cese fuera. Y esperar que entonces, también cese de derramarme por dentro, de sentirme sola aun contigo al lado, perdida aun con todos los mapas al alcance de la mano, rota en mil pedazos que no encajan ni siguiendo al pie de la letra el manual de instrucciones.

Me escondo en el sofá, bajo el edredón, en pijama. Sigo lloviendo, baja la temperatura, soy granizo que hace que las cosechas se pierdan. Dejo de escribir.

martes, noviembre 04, 2014

Leyendo... (VIII)

Sigo descubriendo mundos apilados en mi lista de libros pendientes, y así, después de terminar de leer Inés y la alegría, empecé con una recopilación de distopías de autores y autoras españolas llamada Mañana todavía. Me apetecía volver a la ciencia ficción y no había leído nunca ciencia ficción nacional más allá de algunos relatos cuando colaboraba con el fanzine Nitecuento, hace... todos los años y algunos más. Por eso me decidí a empezar este libro, que terminé hace pocos días.

Me gusta pensar en futuros posibles y no tan posibles, en mañanas por construir o por evitar, en hacia dónde vamos, hacia dónde queremos ir y hacia dónde queremos no ir bajo ningún concepto. Y con estas lecturas hago eso, situarme en otros futuros y analizar si me gustarían o si quiero intentar cambiar el presente para cambiar el mañana. Hago eso también en mi día a día, esta misma semana, pensando en un mes de noviembre que anticipo frío y dañino y que luego quizá no lo será tanto, si puedo cambiar cada día desde que suene el despertador.

Y mientras leía uno de los relatos en concreto de esta antología, me sorprendía encontrarme con un mañana que para mí podía ser deseable, un mañana más igualitario, sin el machismo salvaje que asesina decenas de mujeres al año sólo en nuestro país, sin ese machismo que permite que roles enquistados en la tradición ahoguen a personas que no encajan en la horma, el mismo machismo que tolera que la representante de los empresarios diga que contratar mujeres en edad fértil es un error estratégico porque igual les da por quedarse embarazadas, y muchos ejemplos más a los que podría acudir para retratar la sociedad patriarcal en la que vivimos. Pero este mañana más igualitario, en el relato era retorcido para ridiculizar la situación, y con ello ridiculizar las pretensiones del movimiento feminista hasta el absurdo. 

Lo hablaba con unos amigos el otro día y me daba cuenta de que, en efecto, probablemente la gente en las antípodas de mi ideología, desea mañanas opuestos a los que yo deseo, y quizá hasta tema que se hagan realidad cosas que yo deseo para el futuro, no sólo para el mío, sino para mi gente, para mi clase, para mi género. Porque hay gente que disfruta de sus privilegios (sean estos de clase, género u otros) sin cuestionarse que al ejercerlos oprime al de al lado, y porque sólo se entiende que unos estén tan arriba porque hay cientos abajo, siendo pisoteados (y pisoteadas).

Yo tiendo a pensar en mañanas grises de más, los anticipo sin querer y me duelen tiempo antes de presentarse en el calendario. Pero a la vez, salgo a la calle e intento construir mañanas más justos, más amables, más solidarios, donde el apoyo mutuo le gane la batalla al egoísmo y al capitalismo feroz que amenaza con devorarnos. Y quizá, igual que intento hacer realidad esos mañanas más luminosos, cálidos, humanos, por los que peleo... quizá mis mañanas cotidianos también puedan serlo. Más cálidos, luminosos, manejables. Hasta en noviembre.