sábado, diciembre 06, 2014

Amor... a pesar de los aviones

...porque el amor que alguna vez fue se queda para siempre, aunque nunca vuelva, aunque vivas otras cien vidas, cada amor deja un cerco imborrable en la superficie de la memoria.

(Marwan, del prólogo a A pesar de los aviones, de Diego Ojeda)

Yo soy quien soy también por los amores que fueron, los amores que viví intensamente, a veces con una sonrisa en los labios y otras derramándome en torrente de lágrimas. Amores, algunos, que quedaron atrás sin irse del todo nunca.

Amor, por ejemplo, hacia aquel chico impulsivo, torbellino de puños cerrados tratando de controlar la ira que en ocasiones le inundaba, pero todo ternura otras veces, dulzura, cuidados. El chico del pelo moreno cayendo en rizos sobre sus hombros, con una media sonrisa encantadora y unas manos grandes y fuertes, más alto de lo que yo llegaba de puntillas, con aquellas camisetas que gritaban rebeldía en palabras en euskera, las mismas que cantaba en canciones que yo no conseguía retener (y que hoy todavía me da por escuchar de cuando en cuando). Amor postadolescente que tuvo un punto final que no se merecía la historia que habíamos compartido, pero que fue el que tú necesitaste para poderte alejar. Y aun así, hoy sonrío y recuerdo lo bueno por encima de todo, incluso de aquella tarde soltando culebras por la boca a la salida del Metro de Cuatro Caminos. Y no olvido, no cedo al olvido, elijo recordarte con tus ojos transparentes y tu media sonrisa. Un cerco imborrable en la superficie de la memoria.

Amor, también, al muchacho mitad ciencias mitad letras, calmado, pensativo, dulce, más inteligente de lo que yo nunca seré, con el que me sonreí la primera vez que estuve en su casa y vi que compartíamos la mitad de la estantería. Un amor más fuerte quizás, más tranquilo y sereno también, sin apuestas arriesgadas, más un fondo a plazo fijo que llamadas al broker de turno. Uno de esos que cuando acaban te dejan perdida  al principio, preguntándote si todo lo que habías construido sería mentira, si la única verdad es que no existen los Parasiempre's ni los paratodalavida aunque cuando lo pronuncies te lo creas de verdad. Pero fue este un amor que se reinventó después de mucho trabajo mutuo, y que hoy permanece en mi vida de otra forma, ya no Amor del que hace temblar las piernas sino un quererse distinto, un conocerse bien y apoyarse, él con su chica, sus dos niños, sus dos carreras y su bici; yo con otro Él cerca, con mis libros y nuestros gatos.

Y como no hay una media naranja sino varias, no un Amor Verdadero sino amores cálidos con los que construyes caminos, ciudades, sueños... Hoy, además de los dos amores que me acompañan en el recuerdo, convivo con un tercero, el chico de ojos sonrientes que me parece tierno y divertido a partes iguales. El que echo de menos cuando coge aviones más allá de los mares para trabajar dieciocho horas de veinticuatro diarias, y espero en el aeropuerto cuando vuelve, nervios de niña chica al verle salir por la puerta 10 con su maleta. Un amor sereno también, sin voces arriba y abajo, que tira de mí siempre hacia arriba y me mantiene aceptablemente cuerda, o disimula la locura que se agazapa siempre dentro. 

Amores que una vez fueron y se quedaron en un huequito, amor que permanece en el centro a los casi nueve años cumplidos. Amores todos que arropan y dan calor, como el que dieron ayer, como el que inevitablemente seguirán dando mañana. En la memoria y en el presente, y como dice el libro... a pesar de los aviones.

domingo, noviembre 30, 2014

Informe meteorológico

A veces soy como el cielo, me nublo sin razón aparente, primero en blanco, luego en grises y finalmente en casi negro, y ni el sol puede asomarse a través de mis pensamientos oscuros-oscuros, ni las llamadas de mi gente consiguen hacerme salir de casa, porque sé que en cualquier momento puedo descargarme en lluvia torrencial que mis ojos no pueden contener. Y para qué vamos a quitarnos el pijama si estoy tan gris por dentro, y para qué intentar ilusionarme con nada si estoy tan nublada y rota, y para qué salir de debajo del edredón si el frío que tengo no entiende de mantas ni radiadores.

El miedo es que ese a veces no sea de cuando en cuando sino que se instale y compartamos dirección postal. El miedo es que el chaparrón no pase y las alcantarillas no sean suficiente y acaben las calles anegadas, la ropa nunca seque y todos mis zapatos calen. El miedo, digo, es que la ilusión sea algo permanentemente ajeno, y no consiga sentir propio ningún proyecto, y me aleje de todo y de todos para encerrarme bajo siete llaves. El miedo es ver cómo los únicos pasos que doy son en esa dirección y casi sería mejor quedarse quieta, paralizada, como si la Medusa me hubiera mirado fijamente y mis ojos se hubieran cruzado demasiado tiempo con los suyos, y ¡zas!, mi cuerpo se hubiera petrificado para siempre.

Así que me quedo en casa y oigo primero un pling-pling contra el cristal, las primeras gotas que poco a poco van transformándose en una lluvia constante, y me doy cuenta de que he olvidado cerrar las ventanas y el agua está entrando en el salón, en el dormitorio, en el baño; y al poco me doy cuenta de que yo misma acompaño a la lluvia, yo lluevo también, y las nubes negras están dentro y fuera de mi casa, dentro y fuera de mi cabeza, y la tormenta no cesa, y los truenos hacen que los gatos maúllen atemorizados y corran a esconderse bajo la cama... pero yo no quepo en su escondite y sólo me queda esperar a que, tal vez mañana o al otro o cuando cambie la estación, la lluvia cese fuera. Y esperar que entonces, también cese de derramarme por dentro, de sentirme sola aun contigo al lado, perdida aun con todos los mapas al alcance de la mano, rota en mil pedazos que no encajan ni siguiendo al pie de la letra el manual de instrucciones.

Me escondo en el sofá, bajo el edredón, en pijama. Sigo lloviendo, baja la temperatura, soy granizo que hace que las cosechas se pierdan. Dejo de escribir.

martes, noviembre 04, 2014

Leyendo... (VIII)

Sigo descubriendo mundos apilados en mi lista de libros pendientes, y así, después de terminar de leer Inés y la alegría, empecé con una recopilación de distopías de autores y autoras españolas llamada Mañana todavía. Me apetecía volver a la ciencia ficción y no había leído nunca ciencia ficción nacional más allá de algunos relatos cuando colaboraba con el fanzine Nitecuento, hace... todos los años y algunos más. Por eso me decidí a empezar este libro, que terminé hace pocos días.

Me gusta pensar en futuros posibles y no tan posibles, en mañanas por construir o por evitar, en hacia dónde vamos, hacia dónde queremos ir y hacia dónde queremos no ir bajo ningún concepto. Y con estas lecturas hago eso, situarme en otros futuros y analizar si me gustarían o si quiero intentar cambiar el presente para cambiar el mañana. Hago eso también en mi día a día, esta misma semana, pensando en un mes de noviembre que anticipo frío y dañino y que luego quizá no lo será tanto, si puedo cambiar cada día desde que suene el despertador.

Y mientras leía uno de los relatos en concreto de esta antología, me sorprendía encontrarme con un mañana que para mí podía ser deseable, un mañana más igualitario, sin el machismo salvaje que asesina decenas de mujeres al año sólo en nuestro país, sin ese machismo que permite que roles enquistados en la tradición ahoguen a personas que no encajan en la horma, el mismo machismo que tolera que la representante de los empresarios diga que contratar mujeres en edad fértil es un error estratégico porque igual les da por quedarse embarazadas, y muchos ejemplos más a los que podría acudir para retratar la sociedad patriarcal en la que vivimos. Pero este mañana más igualitario, en el relato era retorcido para ridiculizar la situación, y con ello ridiculizar las pretensiones del movimiento feminista hasta el absurdo. 

Lo hablaba con unos amigos el otro día y me daba cuenta de que, en efecto, probablemente la gente en las antípodas de mi ideología, desea mañanas opuestos a los que yo deseo, y quizá hasta tema que se hagan realidad cosas que yo deseo para el futuro, no sólo para el mío, sino para mi gente, para mi clase, para mi género. Porque hay gente que disfruta de sus privilegios (sean estos de clase, género u otros) sin cuestionarse que al ejercerlos oprime al de al lado, y porque sólo se entiende que unos estén tan arriba porque hay cientos abajo, siendo pisoteados (y pisoteadas).

Yo tiendo a pensar en mañanas grises de más, los anticipo sin querer y me duelen tiempo antes de presentarse en el calendario. Pero a la vez, salgo a la calle e intento construir mañanas más justos, más amables, más solidarios, donde el apoyo mutuo le gane la batalla al egoísmo y al capitalismo feroz que amenaza con devorarnos. Y quizá, igual que intento hacer realidad esos mañanas más luminosos, cálidos, humanos, por los que peleo... quizá mis mañanas cotidianos también puedan serlo. Más cálidos, luminosos, manejables. Hasta en noviembre.

martes, octubre 21, 2014

Las calles de mi barrio cuentan historias (I)

"Duerme menos y sueña más". Pero sueña con los ojos abiertos, porque el mañana se construye intentando hacer realidad los sueños de hoy. Sueña utilizando esos sueños como la utopía de la que habla Galeano, esa que sirve para continuar andando, sin dejarte caer en una de las sillas al borde del camino que, tramposas, nos invitan a sentar. 

"Duerme menos y sueña más". Porque el mundo bajo el edredón no puede ser toda tu realidad, más aún cuando llevas una buena racha en que esa pseudorealidad también se te vuelve en contra, pesadilla tras pesadilla despertándote de madrugada con el aliento contenido por la angustia.

"Duerme menos y sueña más". Y según ves el mensaje te acuerdas de aquel ciclista desconocido que se paró una vez al pasar junto a esa chica llorando en un banco que fuiste, con aquel amor roto en pedazos en el regazo, y le hizo un dibujo en una servilleta sólo para hacerla sonreír. A eso me recuerdan los mensajes que alguien está dejando en las calles de mi barrio, que a mí me dibujan sonrisas y me hacen sacar la cámara.

"Duerme menos y sueña más". Dibuja el mundo que quieres, uno que te sea propio en vez de ese mundo ajeno en el que a veces te sientes encerrada. Constrúyete un mañana menos hostil, con menos angustias, menos lágrimas, más independencia y autonomía, más capacidades. Peléate tus sueños. Duerme menos y sueña más.

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domingo, septiembre 28, 2014

Leyendo... (VII): Inés y la alegría


-Usted... quiero decir, tú... ¿eres como ellos? -al escucharla me eché a reír.
-¿Roja, quieres decir? -me dedicó una sonrisa tímida, incompleta, como si le diera vergüenza contestar a mi pregunta-. Sí, soy roja. ¿Tú no?
-Yo... yo no sé lo que soy. Mis padres no eran de nada y cuando empezó la guerra, tenía catorce años, pero... -empezó a mover la cabeza, para negar cada vez con más vehemencia-. Lo que sí sé es que no me gusta que me digan lo que tengo que hacer, ¿sabes? Y que estoy hasta aquí -y se llevó dos dedos a la cabeza para apresar un mechón de pelo entre las yemas- de que todo sea pecado, de que todo esté prohibido, y de que todo el mundo tenga derecho a meterse en mi vida.
-Pues ten cuidado, Montse, porque por ahí se empieza.

("Inés y la alegría" - Almudena Grandes)

Inés, que sale de la oscuridad de la cárcel, del convento, del encierro de su hermano falangista. Inés, que lucha por sus ideas, por sus afectos, por su gente y un país pintado de tricolor. Inés, que descubre su lugar poco a poco y se lo pelea también, que confía en el manyana desde un hoy gris, que cocina poniendo los cinco sentidos y el carinyo o las lágrimas, y así le queda la comida amarga o para chuparse los dedos. Que se la juega con las cartas que tiene por las ideas en las que cree y el futuro con el que suenya. Inés, valiente a la que se le derraman lágrimás más de una vez, a la que le tiembla la mano en otras ocasiones sin por ello dejar de tener esa valentía en el cuerpo y el brillo fiero y dulce en los ojos. Inés, a través de cuyos ojos contemplamos lo que pudo ser y no, el país tan distinto que podríamos haber sido y no, no nos dio la suerte, las cartas, el viento de cara. Y aun así, entre la pena, la alegría; entre la frustación, la reconstrucción; frente al dejarse llevar, elegir rearmarse, levantarse y vivir la vida que tienes, que no será la que sonyaste pero igual se le parece, si no hoy, manyana.

Inés y la alegría. Si tenéis ocasión, leedlo. Por Inés y la memoria de tantos.

miércoles, agosto 20, 2014

La noche de la marmota

Casi nunca suenyo con mi Yo actual. A veces sí que incluyo en mis suenyos a algunas personas que he conocido recientemente, o en los últimos anyos, pero en la mayor parte de ocasiones, a quien acompanyan no es a mí sino a un Yo que fui un día, un Yo mucho más lleno de miedos, de tabúes, de barreras, de límites. Un Yo mucho más asustado, mucho más chiquito, y que quisiera no olvidar pero sí tener algo  menos presente. Pero en las noches vuelvo a ser esa chica que se sentía inmensamente sola (y realmente, lo estaba bastante también), esa chica con mil problemas para relacionarse, que encontraba placer en hacerse danyo como manera de localizar el dolor en algún sitio físico y no ese todo que la envolvía.

Por ejemplo, nunca suenyo con mi casa actual, ni con la anterior. Siempre que en suenyos visito mi casa, vuelvo a la casa donde viví hasta poco más de los veinte anyos, antes de que mi madre se independizara ya que mi hermano y yo no lo hacíamos y yo me tuviera que ir a vivir sola a un estudio para descubrir aquello que decía la canción de que la soledad y yo no nos llevamos bien. Siempre vuelvo a aquella casa, a mi cuarto sin luz natural y el salón pequeña Habana, y la plaga de cucarachas en la cocina, y la dejadez y el desorden donde miraras. 

En concreto, llevo entre una semana y diez días retomando cada noche algo que empezó siendo un suenyo incómodo y que cuando vuelve siete o diez noches después, ya es más pesadilla que otra cosa. Mis miedos de los dieciséis anyos vuelven y se instalan cada noche en mi cabecita loca, y de nuevo tengo que enfrentarme -como si siguiera atrapada en un maldito Día de la Marmota adolescente-, con exámenes a los que no puedo acudir por sufrir una crisis de angustia, a horas de clase encerrada en el banyo dibujando heridas sobre mi piel blanca, a la incomprensión de mi entorno cuando no burlas y risas... noche tras noche tras noche.

Ya lo viví en su día y me marcó, moldeó mi personalidad hasta hacerme la chica inestable que soy hoy, la que cuenta pastillas cuando su cabeza se le vuelve en contra, la que tiene una autoestima sujeta con alfileres. No quiero que cuando se supone que debo descansar, por las noches, tenga que revivir cosas que debí dejar atrás hace anyos. Pero vuelve, siempre vuelve. Atrapada por un pasado al que me siento más anclada de lo que quisiera, como si no pudiera evolucionar. No quiero olvidar, sé que eso forma parte de mí y que ha contribuido a dibujarme como soy ahora... pero me gustaría no despertarme a las seis de la manyana con el grito de angustia atenazando mi garganta. ¿Es mucho pedir?

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jueves, julio 31, 2014

Una de las nuestras... o no

No sé por qué me apena sentirme fuera de algo que, en realidad, nunca he sentido como propio. Un lugar que, a pesar de estar en él parte de mi gente, de ser en teoría afín ideológicamente... siempre me ha resultado algo ajeno. Yo no cuadraba bien ahí, aunque me importara, aunque lo peleara. Pero no era mi lugar, mi espacio, mi sitio. 

Por eso quizá no me impliqué tanto como hubiera debido, y supongo que esa no-implicación contribuyó a la lejanía y a la desmotivación. Aun así, me alegraba cuando llegaban noticias buenas y las ocasiones en que desde el lugar se reclamó ayuda, los momentos críticos, me tuvieron cerca, apoyando (aunque llegaría la ocasión en que eso se me echaría en cara: "solo has apoyado en los momentos críticos"). Quizá solo sentí que pude aportarles algo útil en esos momentos, cuando se me explicitó una necesidad que yo podía cubrir. Porque sí, de cara a la galería el mantra era "esto lo construimos entre todos". Pero a mí me cuesta saber qué puedo aportar (no solo a este proyecto, es una sensación que me acompanya), y mientras que en otros proyectos, en otras situaciones... he ido ganando confianza, soltándome y sintiéndome más segura día a día, más capaz... en este no dejaba de sentirme cuestionada, o quizá no tanto, quizá solo... de más. 

No puedo decir que no lo intentara. Al principio participé en distintas actividades. Cuando supe de algo que podía hacer, algo concreto y tangible que estuviera en mi mano, no dudé en hacerlo.  Y a raíz del último "momento crítico", me propuse implicarme más, participar, intentar que el proyecto aguantara y no se fuera por la borda el trabajo que -sobre todo el resto- habían realizado hasta ese día. Me lo propuse y pensaba llevarlo a cabo.

Hasta que de nuevo... ahí estás, de más, con unas prioridades que no son compartidas, con un trato que confirma esa no-pertenencia al lugar, porque solo has estado en los momentos críticos, porque echas por la borda el trabajo de los demás o eso te echan en cara, porque no estuviste presente cuando se decidió algo que no compartes y que parece ser que es inamovible y si no lo asumes estás contra el proyecto mismo, porque cuando algo piensas que no funciona, no lo tapas y así contribuyes a estropear la imagen ¿de armonía? ¿de unidad? ¿el espejismo? Porque sí, para mí el proyecto no es una marca y yo no quiero vender motos, sino que me lo creo y no quiero que otros se aprovechen del trabajo de muchos para dar alas a sus propios proyectos con sus lecciones de marketing por encima de la identidad del lugar que intento defender.

Pero a lo mejor es verdad, y no es la primera vez que lo vivo. Es cierto que no he estado tan implicada como otros. Que he venido cuando se ha solicitado ayuda, y ahí he ofrecido mis manos, mi cabeza, mi firma si hacía falta. Pero igual y con todo, no soy una más. Este nunca fue mi espacio, ni siquiera aunque a veces haya pensado que sí. Y para guerras perdidas, ya tuve una reciente que me dejó con pocas fuerzas para emprender otras reconquistas.

Alguna vez me gustaría pensar "ahí os lo dejo, con vuestro pan os lo comáis". Pero ni siquiera, porque sigue habiendo gente ahí que considero mi gente, porque sigo alegrándome de las buenas noticias cuando éstas llegan y sigo pensando que ahí construimos ("construyeron" será más exacto, supongo) algo distinto. Pero sigo cuestionándome si mi firma tiene sentido ahí, habiéndome sentido maltratada en alguna ocasión por los mismos a los que ésta apoya. Si tiene sentido llenarme de barro metiéndome hasta la cintura en un charco... para ni siquiera ser bien recibida al salir. Y no llego a ninguna conclusión. Me temo que, al más puro estilo Escarlata O'Hara... ya lo pensaré manyana.

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