miércoles, septiembre 20, 2017

Las canciones que nos salvan de la mierda

Hay días terribles de cabezas totalmente revueltas, de pensar si renuncias a tanto y te vas a Urgencias o aguantas en casa, si eso será ponerte en riesgo o será cuidarte porque el riesgo quizá sería precisamente ponerte en manos de aquellos en quienes ya no confías, no puedes confiar, ahora que detectas claramente sus violencias, las obvias y las más sutiles (me decía una amiga hace poco, cuando le decía que mi empoderamiento en salud mental se ha cargado las relaciones con mis profesionales, que es que el empoderamiento se carga -lógicamente- las relaciones de poder, las relaciones con quienes abusan de su poder).

En estos muchos años ya conociéndome, he aprendido qué cosas me sirven y qué cosas me ayudan en esos momentos críticos y en los menos críticos también, en mi vida cotidiana -algunas muy prácticas y concretas, otras más abstractas y quizá también complicadas-.

Hace unos cuantos sábados a inicios de mes fue uno de esos días terribles, complicados, cuesta arriba, hasta-aquí. Y no podía y me ahogaba y decía y me desdecía a cada instante y qué tarde, UF. Y tuve un ratito de pensar "recuerda, Gace, qué te ayudaba", y recordé que cantar, cantar alto, cantar a gritos si hace falta, cantar canciones tristes o menos tristes que tengo asociadas a buenos momentos vividos en el pasado, poner la música en el ordenador y subir el volumen para acallar la basura en mi propia cabeza y buscar la letra en Internet y leerla en la pantalla, cantarla en un karaoke privado que me sana y me rescata... eso me sirve, me protege en esos momentos que ojalá no tuviera que vivir, pero vivo y me cuestan y tengo que encontrar estas estrategias que me facilitan la supervivencia.

Así que eso hice ese sábado negro, repetir algunas canciones cantándolas bien alto en bucle mientras me salvaba un poquito a la vez. Y quería traer tres de ellas aquí también:

MY SKIN (Natalie Merchant)


Take a look at my body 
Look at my hands 
There's so much here that I don't understand 
Your face-saving promises 
Whispered like prayers 
I don't need them

'Cause I've been treated so wrong, 
I've been treated so long 
As if I'm becoming untouchable

Well, contempt loves the silence, 
it thrives in the dark 
With fine winding tendrils that 
strangle the heart 
They say that promises sweeten the blow 
But I don't need them, no I don't need them

I've been treated so wrong, 
I've been treated so long 
As if I'm becoming untouchable

I'm a slow-dying flower 
In the frost-killing hour 
Sweet turning sour and untouchable

Oh, I need the darkness, 
the sweetness, 
the sadness, 
the weakness 
Oh I need this 
I need a lullaby,
a kiss goodnight,
angel, sweet love of my life 
Oh I need this

I'm a slow-dying flower 
Frost-killing hour 
The sweet turning sour and untouchable

Do you remember the way that you touched me before 
All the trembling sweetness I loved and adored 
Your face-saving promises 
Whispered liked prayers 
I don't need them

Oh, I need the darkness, 
the sweetness, 
the sadness, 
the weakness 
Oh, I need this 
I need a lullaby, 
a kiss goodnight,
angel, sweet love of my life 
Oh, I need this

Well is it dark enough 
Can you see me 
Do you want me 
Can you reach me 
Oh, I'm leaving
Better shut your mouth, and hold your breath 
You kiss me now, you catch your death 
Oh, I mean this 
Oh, I mean this


BLANCO (Silvio Rodríguez)


Todos los días se pinta de blanco
sale a la calle llena de colores,
y a cada minuto recibe un brochazo en la piel,
su espalda, sus manos, su rostro
van siendo invadidos por luces y sombras,
se le van encendiendo de fiebre y de frío,
de forma que cuando regresa y se mira no está,
mas vive bajo su avalancha,
mas vive bajo su avalancha.

Ahora está sin salir, casi nadie merece su amor,
pero saldrá cuando vayas por él.
Ahora te espera en su tumba ambulante, llena de color,
hasta que tú la deshagas de amor.

Ahora te espera de noche en su cuarto
hasta que quieras entrar a salvarlo
de lo que nunca ha elegido y arrastra con él.
Tú que de un beso lo configuraste,
tú que le echaste más blanco y lloraste
eres la vieja navaja que espera su piel.

Quiere blasfemar contigo de Dios, de los hombres y de él,
quiere llegar más allá de la luz.
Quiere destruir las flores con que se engañaron los dos,
quiere arrancar de su tierra una cruz.

Quiere olvidar que ha crecido educado
quiere a tu hijo para empinarlo
como un papalote invencible
vencedor del sueño.
Quiere decirle a cada vecino
que salga de sus miserables paredes
que tome la vida de ustedes, que no haya escondrijos,
y espera que vayas por él,
y espera que vayas por él.

Él no te espera mujer a que vayas a hacer el amor
mas bien la guerra es lo que quiere hacer
con veintipico de fechas respalda su sana elección
con veintipico de muerte es su amor.


[Como curiosidad, según donde busques la letra, en algunos sitios la frase de "mas vive bajo su avalancha" la interpretan como "malvive bajo su avalancha"]



LÁGRIMAS NEGRAS (Jesús Cifuentes)


Solo
y en silencio
empiezo a recordar una y mil cosas.
Juego 
con el tiempo
quisiera suprimir los malos sentimientos.
Y quedarme solo contigo y el viento 
que acaricia tus mejillas llenas de lágrimas negras…
no puedo perder más tiempo.
Solo
a tu encuentro
no quiero dibujar más corazones.
Siento 
algo por dentro
¿existe otra razón para seguir viviendo?
Que quedarme solo contigo y el viento 
que acaricia tus mejillas llenas de lágrimas negras…
no puedo perder más tiempo.
No voy a salir
necesito dormir
la noche me ayuda a pensar.
Si quieres venir sabes que estaré aqui
no podemos perder tiempo,
no…
Solo
y en silencio
quisiera suprimir los malos sentimientos.

viernes, septiembre 15, 2017

Esto NO es cuidar (I)

Extracto del relato: "Quería que nos conociésemos. Tenía que explicarle qué debía hacer y qué no debía hacer a lo largo de todos los días de su vida, y para ello solo contaba con todos los sábados de nuestra vida".

En uno de los relatos del libro "Vástagos", que acabo de terminar, esta frase se presenta dentro de una historia escrita toda en plan "mirad qué buen padre, cuánta ternura, qué de amor y cuidados", con cero crítica.

"Quería que nos conociésemos. Tenía que explicarle qué debía hacer y qué no debía hacer a lo largo de todos los días de su vida, y para ello solo contaba con todos los sábados de nuestra vida"

¿Cuánta gente acepta(mos) acríticamente que las personas que nos cuidan o aprecian asuman este papel? Nuestros padres, nuestras madres, nuestras parejas, nuestras psiquiatras, nuestras médicas, nuestras hijas...

"Es porque se preocupan", dice el discurso oficial. "Tú no puedes tomar las mejores decisiones" (por ser pequeña/menor, o por ser anciana, o por ser mujer, o por ser irresponsable, o por no tener conocimientos suficientes -ay, todos esos títulos que nunca colgarán de ninguna pared de ningún despacho-, o por estar mal de la cabeza -el "calla, loca", siempre acechando-, o por X), es el discurso oficial.

"Cuando seas madre lo entenderás", dice el discurso oficial. Horror.

Espero no entenderlo nunca. Espero que si adopto este discurso alguna vez con alguien (hijo, hija, pareja, madre, X... especialmente si es hacia cualquier persona sobre la que el sistema o las circunstancias me hayan situado en posición de poder), espero como digo que otro alguien, si es que la propia persona no fuera capaz de hacerlo en ese momento de su proceso, me ayude en ese momento a cuestionarme y revisarme la prepotencia y el autoritarismo que desprenden esas frases. 

No necesariamente sé lo que es mejor para ti porque no estoy en tu piel, no todos necesitamos ni nos ayudan ni nos sirven las mismas cosas. Podré hablarte desde mi experiencia -práctica y teórica si quiero y quieres-, porque quizá encuentres, o encontremos juntas si prefieres, cosas en ella que te sirvan.

No necesariamente sabes qué es lo mejor para mí porque no estás en mi piel, no todos necesitamos ni nos ayudan ni nos sirven las mismas cosas. Ofréceme hablar de tu experiencia práctica y si quieres, también teórica que puedas conocer -dentro o fuera de la Academia formal-, y ojalá encontremos, si te apetece acompañarme, cosas en esa experiencia que me sirvan.

Explicarme qué debo hacer y qué no debo hacer, cada día de mi larga o corta vida; seas mi madre, seas mi hermano, seas mi amiga, seas mi pareja, seas mi compañera en el Grupo de Apoyo Mutuo, seas un activista en salud mental con años de experiencia a tus espaldas, seas un político de primera línea o de retaguardia, seas mi (¿un?) cuñado, seas mi médica, seas mi enfermera, seas mi psiquiatra, seas mi abogado, seas mi educador; seas mi profesor, seas mi frutero; seas quien seas... Eso NO es cuidar.

martes, agosto 29, 2017

Rota // Dimitir no es un nombre ruso // Cómo puedes decir eso (VI)

No son horas de hacer un post largo, no hay fuerzas ni ganas tampoco. Ya lo escribiré mañana mejor, o más largo, o menos dramático, que hubiera dicho Escarlata si hubiera tenido blog.

Hoy en un momento he pensado que estaba llegando a mi límite. Más tranquila algo después, he pensado que no, que he dejado mi límite atrás, tanto que estoy en un punto de no retorno. Que mi malestar, mi daño, mi sí-que-parece-demostrarse-finalmente-crónica sensación de vacío y de desesperanza, y de podredumbre, y derrumbe, e intenso-intenso-intenso malestar, dolor o sufrimiento... han superado mi límite hace TANTO que no veo, no recuerdo ya dónde estaba, no recuerdo el camino de regreso. Me siento tan mal y lo estoy sosteniendo día tras día tras día tras día, que ya no imagino cómo volver a sentirme bien, no consigo imaginar una Yo que se encontrara mejor, una Yo a la que no le diera este miedo dormirse, no por el sueño, sino por el dolor de despertar al día siguiente, otro día más entero que rellenar en batalla constante no sólo conmigo. No sólo no la imagino, no la visualizo, no confío en que esa Yo pueda existir de nuevo (¿alguna vez existió? No recuerdo sus rasgos ni su voz...) o pueda construirla... no tengo la menor idea de qué tendría que hacer para ello, qué pasos dar o por qué caminos. Soy un puzzle al que la lejía le ha borrado la imagen y aún así creo que se espera de mí que recomponga piezas. No puedo, no soy capaz, dimito.

Hoy también, algo más se (me) ha roto aquí dentro. Y no queda ya nada más que romper.

No hay suficientes libros en mis estanterías, en mis librerías preferidas, en el mundo; ni suficientes capítulos de Friends con sus risas enlatadas; ni suficientes películas favoritas por mucha sonrisa que puedan dibujarme o por mucho que alarguen el calor del verano 500 días, que nos digan que la vida es bella, que sobreviviré y destruiremos esto que tanto daño hace en un volcán de lava allá en la oscuridad, y que no importará que cuando lleguemos estemos rotos, totalmente rotos, porque llegarán las Águilas a rescatarnos de la mierda y a dejarnos arropadas cerca de nuestros amigos; no hay tampoco suficientes GIFs de gatitos, perritos, cachorritos, ni bebés enternecedores; ni suficientes masajes, cosquillas, cuentos leídos o inventados... ni hay tampoco suficientes post de desahogo (suelta, libera, derrama, vomita tranquila, es tu espacio...) que pueda escribir, no hay suficiente en TODO el universo con lo que capear este temporal, con lo que tapar este cenagal. No lo hay.

Spoilers: esas Águilas no existen, habría más posibilidades de que te rescatase un pterodáctilo y spoiler 2: tampoco va a pasar. Y no, las alas que alguna vez pudieras haber tenido si es que tuviste realmente, hoy no te sostendrían más tiempo del que tú sostienes una cometa. Arriba al cielo, plafff contra el suelo, viaje corto y bocadillo de tortilla para cenar.

Entonces, ¿para qué seguir intentándolo? ("Pregunta abierta, razona tu respuesta", que decía P., una profe de naturales guay que tuve en 7 de EGB, en un colegio privado y de pasta lleno de ¿compañeros? de mierda donde me dijeron con insistencia y de forma súper convincente que la mierda era yo).

Me quedo con el ¿para qué seguir intentándolo? Y yo no encuentro respuesta razonada... eso es examen suspenso. No sirves para esto, chica. Dedícate a otra cosa que no implique exceder tus capacidades intentando, ¿qué dijiste, vivir? Qué ambiciosa has sido, vivir... ¿qué pasó, te olvidaste de que estabas rota?

Rota, sí. 

Dimitir. 

Cómo puedes decir eso (y van...)


(Palabras que se lleva el viento, gritos en silencio, para nadie, para nada. Comopuedesdecireso's)

sábado, agosto 26, 2017

Los vínculos que nos salvan de la mierda

No es un agosto fácil, no está siendo en absoluto un verano sencillo. Algunas grietas aparecieron en las columnas que sujetaban la/mi estructura, aparentemente fuertes, ya el 10 de julio; el 23 de ese mismo mes el cielo amaneció demasiado gris y en la carretera se desató la tormenta amenazante; el 25 hubo un terremoto brutal que se llevó por delante todos mis espacios seguros y la propia seguridad que hubiera dentro de mí -y no soy la única víctima, hay heridos que aún no articulan palabra ni siquiera para nombrar dónde duele-, y las réplicas fueron sucediéndose en los siguientes días para asegurarse de que no pudiera dormir tranquila ni sentirme a salvo; la noche del 11 al 12 ya de agosto unos lobos salvajes derribaron una puerta cuyas bisagras habían quedado tocadas por los temblores previos, estuvieron horas dando dentelladas aquí y allá y esta vez casi vi devorar a ese chico de ojos uy-poquito-sonrientes del que tantas veces he hablado en este espacio, y aún las heridas de tanto mordisco siguen ahí y los médicos desconocen su alcance y sus secuelas; y todavía quedó rato para que pocos días después, el día 15 de agosto, en vez de disfrutar en la verbena me tocase esconderme en la oscuridad tapada con las hojas de papel que pude encontrar para defenderme de una temperatura insólitamente baja para la época del año.

Pero las últimas dos entradas de este blog han sido eso, hablar de esos desastres provocados, de esa mierda, de ese dolor. Y no solo los libros nos salvan de la mierda, que lo hacen y ojalá nunca falten... también los vínculos nos salvan, los afectos. Y hoy quería regalarme el traer y guardarme aquí este regalo que me hizo uno de esos vínculos, uno de esos afectos, una amiga reciente y ojalá la hubiera conocido antes y ojalá esté también cerca muchos más años después.

Esto es del 5 de julio, antes de que se levantara el vendaval que me está haciendo dar traspiés una y otra vez, caída con las rodillas ya desolladas. Esto me lo escribió S., no sé si consciente de cuánto me abrigarían sus palabras cuando de repente empezase una helada inconcebible en julio en este hemisferio. Cuánto me siguen abrigando. Os dejo un poquito con ellas aunque las recibáis distinto, aunque no podáis saber cuánto calor me dan aquí dentro entre la escarcha que se me cuela por las rendijas de mi ventana; de mi piel que se agrieta, se abre, se rompe rasque o no; de mis ojos que lloran más de lo debido estas noches, esta parodia de verano:



Pequeña, enérgica Gacela

Que de llegar a lamentarse
Construye fortalezas
Cada cual más interesante

«Acelerada», dijo
«Tengamos cuidado pues»,
respondieron

Debió de ser que sentir vitalidad
Después de tanta pared fría y tanta melancolía
No les terminaba de parecer

Pues eso de cuestionar
condenas implacables
Tantos años antes
No parecía proceder

Dueña de su vida
De sus propias decisiones

«¡Qué locura!
¡Por favor, métanme otra vez
que he recuperado ganas de la vida y eso tampoco lo veis bien!»

Volvería con ironía
Y esa sonrisa pícara

Vacilándoles con más razón
que la que ellos quisieron predicar

A ellos,
los hijos bastardos de la Biomedicina

A quienes quisieron sentenciar su vida
Y la de nuestras compañeras
Y compañeros
Y también la mía

Cada vez que responde por ella
Responde por muchas

No como excepcionalidad
Sino como quien supo y pudo averiguar
Qué era eso de la escucha

Como quien pudo averiguar qué era eso de escuchar las propias voces
Sintonizarlas con las de otros
Y decir «hagamos algo entre todes»

«Como una lavadora rota.
¡Mi cabeza!»
Dice entre risas.

Acelerada.
Antes irreparable.
Ahora a mil revoluciones.

Lo suficiente
Como para tener que correr para alcanzarla
Porque su ingenio va más rápido
Que ella misma

Y a veces tenemos que recordarnos
Por dónde iba.

Esté como esté, danza
No sé si lo sabe
Pero existe danzando

A veces me maravilla
y otras me mareo
Porque no puedo seguirla

Danza, se balancea,
Sonríe y mira

Y si te aprendes sus movimientos
Puedes saber cuándo te acompaña
Cuándo necesita compañía
O cuándo os estáis acompañando sin juicios moralistas

Y eso para mí es magia
Y es que yo soy más de magia que de ciencia
Porque eso de delirar tranquilas
Y que no traten nuestra existencia como si fueran mentiras…

Unos dirían que cura
Pero yo digo que me devuelve la vida

Repone las ganas y el ánimo
Que procuran comerse
los grandes demonios de la ciudad
día a día

Pasó que de estar loca
Además de que podría ser la loca de los gatos
También lo es de los libros
He perdido la cuenta de sus recomendaciones

No supo qué era eso de «estudiar» en la Universidad,
pero no le hace falta
Porque después de dar con ella, y con los demás escuchadores
Ni Foucaults, ni Coopers, ni Guattaris ni Deleuzes

Además, una loca de los libros
Tiene la libertad de elegir lo que lee
No sé cual es la línea que separa al lector del estudiante

Imagino que el grado de placer
(Me invento esta línea divisoria)

No se ha perdido nada
Porque las hostias dialécticas
Que reparte ella
Son las que necesita la Academia

O mejor no
A la Academia ni agua

Nos hacemos flaco favor si no
O ya ni sé, prefiero no pecar de hipocresía (no más)

La loca de los libros
Adicta a los libros
Fotos de sus libros

«Si pudiera comprarlos…» pensaba yo siempre un poco entristecida

Yo me di a los pdfs
Y a las bibliotecas
Porque eso del capital cultural en las estanterías de mi casa
No cabía

No por falta de espacio
Sino porque primero iba la comida

Y qué burra e inocente yo
En mi lamentable corrección
Que mucho predicar la crítica
Pero no sabía qué era eso de tomar lo que quería

Sintiendo el leer un lujo
Y el adoctrinamiento una porquería

Y danzando ella
Ella danzando entre sudores
Entre picores y sonrisas

Decía
«¿Lo quieres? Lo pillas»

Y danzando ella
Ella danzando entre sudores
Entre picores y sonrisas

Llenaba su bolsa de tela violeta
Cual señora en la frutería

Su bolsa violeta llenaba
A juego con su vestido
Como una primavera danzando
Risueña y comentando

«Este es el de “Cuéntame”, ¿No?»
Con un poemario debajo del brazo

Y yo fascinada
Con sus dotes interpretativas
Y su picaresca
De inocente y loquita señorita

Inocente y loquita
¡JÁ!

«Me lo pones difícil.
Si no me dices que te gusta
Yo cojo lo que sea
A intuición ágil»

Y siendo ella la loca de los libros
Y yo la de los acordes mal rasgados
Aun autocensurada
Cogía, cogía y cogía.

Pasó que yo sólo aspiraba a pasear y mirar por aquella feria
Ansiosa y frustrada perdida
por no tener lo que quería

Y volví con una bolsa de tela violeta
Llena de historias de mujeres más o menos violentas

Alegre y feliz
Y queriendo leer la nueva picaresca
Ojeando libros de vuelta

Con los ojos, con las manos y sin cautela
No reparé en el mensaje que me regaló, grabado en su bolsa violeta

«Las mujeres que leen son peligrosas»

«Ojalá algún día lo suficiente» pensaba yo inquieta

Aprendida la lección
Volví con un sentimiento de liberación
Y el pecho menos pesado
Acostumbrada a respirar por escotillas

«Si en la vida no te dan nada o todo te lo quitan entonces…
¿Lo quieres? ¡Lo pillas!»



(No hay gracias suficiente para darte por regalarme esto. Cuando haya sobrevivido -que sobreviviré también- a esta estación, y haya conseguido llegar a un otoño o un invierno donde haga menos frío que en este verano absurdo, dañino e hiriente... será también por esto, por ti, por todas esas palabras como estas que me has regalado, todos esos libros como esos que llenaron una bolsa morada en el Retiro en junio, y todos esos vínculos como este nuestro que tejemos juntas... palabras, libros y vínculos que tienen esa maravillosa capacidad de salvarnos de la mierda 💜)


[Si como supongo, quieres leer más cosas de mi amiga S., puedes asomarte a su blog "Límite mental (espacio para el drama desde las vísceras de una posmo irracional)" y descubrirla a sorbos, disfrutando del viaje a sus entrañas]

miércoles, agosto 16, 2017

Los libros que nos salvan de la mierda

- ¿No tienes demasiados libros, Gace? 

- ¿Te has comprado otro libro? ¡Pero si tienes muchos pendientes!  

- Uf, ya no nos caben más libros... 

- Pues ella tiene doce baldas y yo solo las cuatro restantes... 

- 27 cajas. Los que hicieron la mudanza no se lo podían creer, pobres, y de un cuarto sin ascensor... buf. 

- ¿Otro libro? ¡Pero si no tienes donde meterlos! 

- A mí me parece una irresponsabilidad, eso es acumular por acumular, no vas a leerlos todos nunca. Al final, el capitalismo es eso, tus estanterías. 


Tengo libros, sí. Tengo muchos libros. Quizá demasiados libros. No sé si voy a poder leer todos mis pendientes en este año o el que viene o quizá al siguiente y aun así, compro más libros, pido más libros como regalo en cumples o Navidad, sigo yendo a la Feria a descubrir más libros, me asocio a un par de librerías cuyos proyectos quiero apoyar, ¡cómo no!, comprándoles (más) libros. 

Si salgo de casa en un día cualquiera, voy con un libro en el bolso -una vez una dependienta en una tienda se extrañó de que mi forma de definir un tamaño de bolso apropiado fuera "tiene que caber un libro aunque no sea de bolsillo", ¿quien da más importancia al libro de dentro que al diseño chulo del bolso?-. Si el día es estresante o promete serlo, en el bolso llevo quizá dos libros y un cómic que me haga sonreír, y a lo mejor alguno de relatos. Ha habido días que prometían ser terribles y para dar el paso de salir de casa, he cogido una bolsa de tela además del bolso habitual y he metido dos, tres o cuatro libros extra en ella. 

Llevo una racha de mierda. CADA PUTO DÍA es estresante, es una mierda. Cuando no hay amenazas poco sutiles por parte de mis profesionales de tomar (ellos, claro) decisiones sobre MI vida, en base a SU percepción (la suya, claro) de cómo estoy, y SU determinación (¿adivináis cuál? la suya, obvio) de cuales son ¿mis? necesidades; hay gritos que ni me van ni me vienen pero recibo yo, porque curiosamente soy la única que se queda a escucharlos; hay violencias que cuando nombras como tales generan carcajadas más violentas aún; hay obligaciones impuestas por género y porque oye, tú no tienes problemas, ¿cómo que autocuidados?, si tú no curras por vaga; hay horas y horas de coche y horas y horas de hospitales y horas y horas aprendiendo sobre medicaciones y horas y horas preguntando a médicos colegas y horas y horas leyendo prospectos y horas y horas tomando tensiones y horas y horas en Urgencias y horas y horas preparando estrategias para hacer nuevas preguntas a médicos, médicas, sin que, oh, por Dios, se sientan cuestionados y te acuchillen con su ego resquebrajado. Y más gritos, y más cuestionamientos, y más quejas por no ser capaz de mantener la sonrisa Profidén de anuncio de clínica dental en el proceso, en el mismo proceso de perderme, de embarrarme, de alejarme de mí, de ver cómo vuelve a debilitarse el vínculo vital que tan fuerte no debía de haberlo reconstruido, por lo visto. 

Así que sí, compro, me regalo, tengo... muchos libros. Porque cuando siento que mi vida es una mierda; cuando tengo que esconderme de todo, de mí también; cuando el mundo se dedica a darle armas a una cabeza que nunca ha sido muy buena amiga mía; cuando me siento atacada, perdida, cuestionada, violentada por gente que se jacta de que ir pidiendo perdón es de pusilánimes -con lo que igual mejor no esperarlo por su parte-; cuando me cae mierda a borbotones y no es mi mierda, que de esa tengo a espuertas yo también; cuando me parece que no me queda NADA... pues, si estoy en mi casa, me levanto y voy a las estanterías, y miro títulos y recuerdo buenos momentos con este u otro, o imagino buenos momentos futuros con ese o aquel de allí que aún no he abierto (porque sí, tengo libros pendientes, oh, drama), y pienso que, yo qué sé, ALGO sí me queda. Que aunque me sienta desconectadísima de ese mundo que me rodea y me enmierda a la vez, a veces puedo reconectar a través de esos libros en las estanterías, primero con sus personajes, luego con sus autoras, autores, al final con personas de carne y hueso presentes en mi vida-quizá-no-tan-de-mierda, que me regalaron ese título, al que le regalé este otro yo, quien me recomendó este que me encantó. 


- A mí me parece una irresponsabilidad, eso es acumular por acumular, no vas a leerlos todos nunca. Al final, el capitalismo es eso, tus estanterías. 


Sí, tengo muchos libros, demasiados libros, joder, qué de libros. Porque me salvan, me salvan de ir despeñándome por los barrancos, tirándome al metro, mirando azoteas con ojos golositos, comiéndome 666 pastillas de colores. Y yo casi diría que el capitalismo de fuera de mis estanterías, ese que impone productividades a las que ni llego ni llegaré -ya lo sé, soy vaga, holgazana, perezosa, ¡¿a esa hora te has levantado?!-; ese que manda la carga de cuidados a los mismos hombros siempre, y cuando no es la carga de haber quitado la ropa es la carga mental de tener que ser tú la que digas, "oye, ¿igual hay que quitar la ropa?", y la de recordar todas las citas médicas en seis leguas a la redonda, sin olvidar las propias, que esas nadie te las va a recordar a ti, claro; ese capitalismo que nos separa, nos individualiza, nos convence de nuestro fracaso personal, de no haber estado a la altura, pues si Steve Jobs empezó con cero y mira, si mi pensión es una basura será mi culpa, como todo lo demás... igual ese capitalismo es más preocupante que lo de que yo tenga muchos, oh, demasiados, sí, ¡cuántos!... libros. 

Hoy los libros también me han salvado. Una noche más. Y hoy que no duermo en mi casa porque hay un montón de necesidades externas que atender -de regalo, de nuevo entre gritos, no sea que me desacostumbre- mientras las mías (uy, ¿pero tú tenías necesidades?) pues ya se verá, ya haremos un hueco, ah haberlo dicho... hoy, otra noche de mierda para acabar un día de mierda y he perdido la cuenta... los libros me siguen salvando. Y escribir, escribir para soltar, para no explotar, no infartar, no llenar todo de lava en erupción volcánica que petrifique todo en una nueva Pompeya, los gritos, las consultas, las mentiras, las farmacias, los reproches, todo petrificado (la piedra os sienta TAN bien). 

En esta casa que no es mi casa y donde no quiero estar esta noche, me he traído un libro de poesía de Elvira Sastre, una novela de chico conoce chica, otra sobre un gato callejero con nombre y canal de YouTube propios, un cómic paródico de una serie seria, un libro sobre una casa con muchos libros, otro con relatos de relaciones amorosas que intentan ser más libres y cuidadosas a la vez, otros relatos sobre maternidades así o de otra manera totalmente distinta, una novela que cabe en un bolsillo sobre inteligencias artificiales... Qué locura. ¿Qué locura? Qué locura construir un mundo y unas vidas que (me) dañen y duelan tanto, y que salga de casa sabiéndolo, dolorosamente consciente de la que se avecina, y aún así salga porque es mi obligación, seguro que no debería ser tan vaga, y tenga que tirar de guardaespaldas, de guardaespaldas como todos estos libros que hoy, también, esta noche... me salvan. Una vez más. Como ayer, como mañana.


sábado, julio 29, 2017

Desastres sísmicos no-naturales

Desastre.

Imprevisto, innecesario, movimiento sísmico que no detectaron los sistemas electrónicos por avanzados que fueran, por muchos científicos que hubiera estudiándolos. No se despistaron, no dejaron de mirar, simplemente los sistemas no funcionaron, no alertaron, no podían hacerlo. Las placas tectónicas no se han movido por las fuerzas de la naturaleza -de eso sí habría habido aviso, siquiera unos segundos antes-, no, esto no ha sido natural en ningún caso sino provocado. Como el incendio que arrasa hectáreas de bosque frondoso porque tres, cuatro personas -previo intercambio bajo mano de billetes en algún sótano húmedo- han unido fuerzas para hacerlo estallar, un foco aquí otro allá y otro en la otra punta. No es un desastre de la naturaleza, es la acción de (malas) personas para destruir con tal de ganar algo a cambio.

Y como el terremoto que sigue asustando a la población de la ciudad ya venida abajo con sus numerosas réplicas los siguientes días; como el incendio que cuando parece extinguido -tras caer varios bomberos en el esfuerzo- vuelve a avivarse con que sople un pelín el viento... así este desastre de entre lunes y martes (hablamos de un terremoto largo y con inmensa capacidad destructora, un temblor de tierra bajo los pies que se extendía horas y horas) sigue con sus coletazos, infundiendo miedo y tirando abajo los escasos muros que aún quedan en pie.

La población afectada, además, no puede huir, no puede siquiera plantearse escapar, aunque fuera corriendo alejándose del epicentro. Probablemente ya no encontraría fuerzas para correr dadas las circunstancias, pero es que ni siquiera andar poniendo distancia es una opción factible.

Así, solo queda mirar alrededor con los ojos húmedos, enrojecidos, incrédulos, preguntándonos -una vez más, esta sensación es una vieja conocida- cómo es posible que la estabilidad sea tan frágil, cómo es posible que todo lo construido con tanto esmero, cariño y esfuerzo; todo lo que había llevado tanto tiempo ir levantando, piedra a piedra; terreno antes estéril en el que fuimos plantando semilla a semilla hasta hacerlo jardín; hogar que ya hace años salió de la nada, salió de un montón de escombros gracias a que yo, y Él, y un (buen) puñado de gente enormemente valiosa -sacada primero de las entrañas de la Red de Redes, sacadas un tiempito después de entre toda esa gente que se sentaba en el suelo de una plaza hiciera sol o lloviera y levantando sus manos y agitándolas en gesto de asentimiento por encima de sus cabezas, soñaban mundos nuevos que acercaban a ser reales-, gracias como digo a que di, dimos, con esa gente que no dudó en hacerse albañil y arquitecto y delineante y lo que hiciera falta para tomar las herramientas conmigo, con nosotros, y ayudarnos a apuntalar los techos, a reforzar los muros, primero de un rinconcito y luego de una habitación y más tarde de la casa entera y el edificio y los edificios adyacentes y todo un barrio y la ciudad... Cómo es posible -aún no lo creo- que todo eso esté derruido y no encontremos un lugar donde ponernos a salvo, donde resguardarnos siquiera unos minutos del sol abrasador, o el granizo que se clava inclemente o el viento que nos lleva con él, o peor aún, la próxima réplica de este terremoto provocado que no acaba.

[No sé el nombre del autor de la fotografía -si lo conocéis os agradezco si me dejáis su nombre en los comentarios para poder añadirlo aquí-, la foto recoge una escena tras el ataque aéreo y bombardeo sobre Londres por la Alemania nazi en 1940.] 









[Y entre toda esta destrucción, algo en mi cabecita también en escombros por culpa del desastre no-natural me dice que quizá podamos recomenzar como ya hice hace tanto, que si un día todo estuvo también destruido y como dice el último párrafo, Yo, y Él, y ese puñado de gente valiosa, fuimos capaces de construir juntos, juntas, una ciudad entera de la nada; y sabiendo además que a la gente valiosa -que hoy permanece cerca, cerca incluso aunque unas poquitas de ellas residan hoy allá a kilómetros, en Berlín, o Dublín, o Barcelona o Sevilla, transformando así el mapamundi entero en un lugar donde puedo recoger cariño en puntos diseminados aquí y allá-...  a esa gente de ayer que sigue afortunadamente presente en mi vida, hoy se suman unas poquitas más, sobre todo esas mujeres que también perdieron como yo sus cabezas y aún así, ¡qué cabezas, qué corazones, qué manos fuertes cuando sostienen!... ¿Todos ellos, ellas, Yo, Él, no podríamos ser capaces de emprender, mañana o al otro cuando el temblor de tierras cese un poco, una nueva reconstrucción de todo lo que volvió a caer? 

En algún rincón de mi cabecita ahora en escombros resiste esta idea y por eso la recojo, pero algo más fuerte en mi cabecita por siempre loca y hoy arrasada me pregunta si hay una letra para escribirlo pequeño, pequeño, escogiendo el tamaño más chiquito posible para que no se pueda leer bien, para que no podamos tenerlo muy en cuenta, para que se olvide fácil. Pugna de nuevo entre las piedras caídas por el desastre provocado...]

lunes, junio 19, 2017

Extrañas con nombre

Somos extraños, extraños sin nombre que nos movemos entre otros extraños sin nombre, cuerpos extraños cruzándonos con otros cuerpos extraños, personas perdidas en nuestros pensamientos andando entre otras personas perdidas también en sus pensamientos -quizás distintos, quizás no tanto- en sus propias cabezas. Extraños todos, ajenos todos.

En un autobús, una extraña enfrente de otra extraña, extrañas sin nombre. Una de ellas habla con otra mujer, ¿su madre, su amiga? La extraña de enfrente mira su móvil nerviosa, lo aprieta con manos temblorosas, desvía la mirada, se le salta una lágrima, llora. La extraña sin nombre llora sin hacer ruido rodeada de otros extraños, otras extrañas sin nombre.

Extraños sin nombre, ajenos unos a otros, invisibles unos de otros, y si alguien llora, da igual; y si alguien se marea en la calle, a quién le importa; y si a alguien se le escapa el aire del pecho por su angustia, qué le vamos a hacer, yo he quedado y llego tarde.

En un autobús, una extraña con un pañuelo en la cabeza ha roto a llorar agarrada a su móvil, ¿quizá una mala noticia en la pantalla, una discusión, un mensaje amenazante? Los demás extraños siguen sus conversaciones, sus risas, sus lecturas, sus wassapps, sus juegos. Ella no es nadie, sus lágrimas no son nada, sus dedos agarrotados sujetando el smartphone son dedos invisibles, como su angustia, sus ojos empañados, sus hipidos -bajitos, bajitos, que no se oigan, que no nos molesten-, toda ella invisible.

Extraños sin nombre, extraños en ciudades grandes que se nos tragan y desaparecemos, extraños y extrañas que nos mimetizamos caminando rápido entre edificios y calzadas de asfalto que estos días hierven convertidas en lava, extraños juntos en bloques de viviendas en los que si los vecinos lloran o se gritan lo que pensamos es que menudo fastidio y no en si podríamos ayudarles de alguna manera. Extraños y extrañas sin nombre, incluso aunque éste venga escrito en los buzones dos pisos más abajo.

En un autobús, una extraña interrumpe la conversación con ¿su madre, su amiga?, porque le ha parecido que la mujer -extraña y sin nombre- que está sentada enfrente de ella... ¿está bien? No, no lo está, ¿no? ¿Está llorando? ¿Le pasa algo? Tiene agarrado el móvil... ¿habrá recibido una mala noticia? ¿O habrá oído la conversación que tenía con su madre, o su amiga, en la que bromeaban sobre temas relacionados con la muerte?

Claramente la mujer sentada enfrente está llorando, sí. Parece extranjera. Es una extraña, como todos en el autobús, todos en la ciudad... ¿será invasivo preguntarle? ¿será cuidadoso decirle algo? ¿será mejor seguir cada uno a su bola, todos extraños, todos sin más nombre que el de El Hombre (o La Mujer) Invisible?

En un autobús, una mujer llora invisible entre los cuerpos de veinte extraños que ni la miran. Pero no, no es (del todo) invisible. Otra mujer, la que está sentada enfrente, ha interrumpido su conversación y la está mirando con cara de preocupación. Se dirige a ella, ¿perdone, se encuentra bien? ¿Necesita algo? ¿Tiene algún problema, necesita ayuda, hay algo que podamos hacer por usted? Le ofrece primero un pañuelo de papel que ha sacado de su bolso, luego rebusca y le da un paquete entero de kleenex. La mujer-algo-menos-extraña se enjuga las lágrimas con el pañuelo, se suena la nariz. Le preguntan si le apetece beber agua, ella acepta y le dan una botellita pequeña de la que ella bebe. ¿Está algo más tranquila ahora? Respira más calmado y ya no llora... Le preguntan si quiere hablar, ella niega con la cabeza, esbozando a la vez una leve sonrisa y un "muchas gracias por todo". Siguen pendientes y, pocas paradas después, ella se levanta para bajarse del autobús, le preguntan por última vez si se encuentra mejor, si quiere que la acompañen a algún sitio, si pueden hacer algo más. Ella vuelve a negar con una sonrisa, se baja, echa a andar.

Extraños sin nombre, de eso la ciudad, cada autobús, cada parque y cada edificio... están llenos. Pero quizás está en nuestra mano ser un poco, un poquito, menos extraños, mostrarnos menos ajenos a lo que sucede en la puerta de al lado, en el asiento de enfrente del vagón del metro, en la mujer con la que nos cruzamos en el mercado o dando su segunda vuelta por el circuito del parque. Y así, poco a poco, quizás pasar de ser extraños sin nombre, a extraños con nombre y quién sabe si mañana, o al otro... ya no seamos más extraños.

[Esta entrada tiene su origen en un ciclista que un día hace mil años y alguno más rompió la barrera que me convertía en una extraña sin nombre llorando en un banco de la calle, al pararse y regalarme una servilleta con una flor dibujada en la que había escrito "SMILE!"; también en un post antiguo de este mismo blog que allá por el 2010 llamé Extraños sin nombre; también en uno de los capítulos iniciales del libro "Trincheras permanentes, intersecciones entre política y cuidados" (el que se titula "Je suis seule"), de la escritora y librera Carolina León, a la que puedes leer en su blog aquí; y finalmente, en un viaje en bus con mi madre hace un par de semanas volviendo de una cita con Hacienda, cuando noté que una extraña sin nombre sentada enfrente se encontraba mal, y quise intentar romper un poquito esa barrera, y que fuera algo menos extraña, o lo fuera algo menos yo, o quizá al menos, para empezar... nos diéramos nombre.]