martes, octubre 27, 2015

Pesadilla (II)

De nuevo en casa de mi tía abuela, el quinto sin ascensor de escaleras empinadas. Abro la puerta, la casa está a oscuras, las persianas bajadas, los interruptores de la luz no obedecen cuando los toco. Entro hasta el que fue el cuarto de mi tía abuela y también el mío cuando vivimos en aquella casa, hace mil años o más. Mi madre duerme en posición fetal en mi cama. Intento despertarla, abre los ojos, pero su cuerpo no se mueve, fosilizado en esa posición fetal. Intento moverla sin conseguirlo, despegar las piernas atrapadas, pero he llegado demasiado tarde: tras tanto tiempo en posición fetal sus huesos han adoptado ya esa forma de manera indefinida, eterna. La imagen de aquellos bonsai kitten con los que nos asustaron a principios del milenio se instala en mi cabeza, ahora veo claro que los huesos de mi madre se han petrificado por llevar quién sabe cuánto tiempo sin moverse de la cama. Ante un nuevo intento por mi parte de despegar sus extremidades, veo que lo que tengo entre mis manos, más que una persona, es un tentetieso con el que juega un bebé, moviéndolo de un lado al otro sin que acabe de caerse al suelo. Mi madre ya no es nadie más que un muñeco poco antes de romperse del todo y acabar en una esquina, roto y desconchado.

Angustiada y casi sin aire, desesperada ante su inmovilidad, intento por un momento arrojar algo de luz sobre la cama. La habitación apenas cuenta con un ventanuco, salgo al pasillo e intento subir la persiana que da a la terraza; por fuerza ahí debe de entrar algo de luz. Pero no, cuando subo la persiana fuera hay una negrura similar a la del interior de la casa.

Entonces intento ir a la última de las habitaciones, la que cuando vivimos allí ocupaba mi hermano. Al llegar, veo que hay alguien en la cama: es mi hermano, también en posición fetal, también con los huesos pegados en una postura inerte de tentetieso incapaz de mantenerse recto. Con un grito en la garganta, me despierto de la pesadilla.

Quiero llamar a mi madre, comprobar si está bien, pero son las cuatro de la madrugada y mi pareja me convence de que el susto que podría llevarse ella hace poco recomendable esa llamada. Tardo un buen rato en volver a dormirme, y al día siguiente recuerdo el sueño con nitidez. Y al día siguiente, y al otro y al otro... escenas marcadas a fuego, que me hacen consciente de lo preocupada que estoy por la (precaria) salud de mi madre, de la impotencia que siento al ver su deterioro progresivo sin poder hacer nada por convencerla de que tiene que cuidarse, de que debería dejar de fumar con urgencia, antes de tener que pasearse con una bombona de oxígeno, de que debería andar las dos horas diarias que le ha aconsejado su médico, de que debería y debería hacer cosas que no hace. 

Pero ella no escucha y yo... yo tengo pesadillas.

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jueves, septiembre 10, 2015

Vuelo sin motor

No sé cómo son los demás por dentro, sólo me tengo a mí para mirarme y analizarme, y si acaso, a veces pregunto a alguien cercano si eso que me pasa a mí, que me rompe, que me parte... si eso es algo mío o si es algo que también les pasa a ellos, a ellas, a ese los demás en que a veces me es inevitable dividir el mundo. Yo por un lado, y de esta línea en la que yo me coloco, los que no funcionamos bien, los que nos preguntamos si tenemos algún lugar en este mundo que vivimos hostil, siempre hostil, en el que no encajamos, piezas de otro puzzle que sin saber cómo han ido a parar a éste y, claro, vagan buscando un lugar que no van a encontrar.

Y en ese imaginarme cómo serán esos Otros, esos los demás, creo que una de las mayores diferencias entre ellos, ellas, y yo, es que esos Otros, esas Otras... deben de tener un motorcillo dentro, en algún lugar entre los pulmones y el corazón, sí, allí en la caja torácica lo imagino. Un tic-tac que les lleva a ponerse en marcha, que hace que se levanten por la mañana, que les saca de debajo del edredón para llevarles a un sitio distinto del sofá, que les pone en posición vertical y no esa horizontalidad a la que yo tiendo (y no hablo de asamblearismo). Un motor que les impulsa a hacer cosas, que impide que simplemente vean el tiempo pasar sin interactuar con nadie, minutos y horas que discurren pesados, arena que se desliza suave hacia la parte de abajo del reloj, mientras nada pasa, nada piensas. 

Yo no tengo ese motor. Yo no encuentro motivos para levantarme por las mañanas y de hecho, no lo hago, permaneciendo en la cama hasta más allá de las tres de la tarde. A veces, las mejores, consigo dormir esas catorce-quince horas, otras ya no consigo dormir pero sigo debajo de las sábanas, dando vueltas con los ojos cerrados, prefiriendo el espacio que controlo del colchón a aventurarme fuera de casa y encontrar quién sabe qué. 

Cuando me levanto, al carecer de motor, no aguanto mucho de pie, apenas lo justo para coger unas galletas o un yogur y extender el edredón esta vez sobre el sofá, que será la extensión de mi cama hasta bien entrada la tarde. Ni siquiera veo la tele, leo o entro en Internet. Simplemente dejo pasar el tiempo, pidiéndole que pase más rápido, que por favor corra, que no se detenga como hace mi vida, en un permanente tiempo muerto que no deja avanzar el partido.

Y así, sin motor ni motivaciones, sin nada con lo que rellenar los minutos y horas, mi cabeza se va perdiendo al ritmo que pierdo mi vida, al ritmo que se me escapa entre los dedos sin ser capaz de cerrar el puño y atraparla, levantarme y poner orden, marcar yo el ritmo y ponerme al frente, capitaneando mi Vida así con V mayúscula. Pero no. Para eso necesitaría un motor del que carezco y que supongo, imagino que Otros, Otras tienen. Pero yo no lo encuentro, y mi Vacío se impone, con la V mayúscula de la vida que dejo pasar, que no me construyo. Sin motor, sólo Vacío.

jueves, abril 30, 2015

Cuestión de identidad: ¿Soy una enferma?



Cada una de nuestras identidades está formada por multitud de referencias, por un sentimiento de pertenencia a distintos grupos, por un resumen de nuestros gustos y capacidades, entre otros factores. Así, por ejemplo, yo soy una chica madrileña, bajita, soñadora y risueña a la que le gustan los gatos, leer y escribir, las redes sociales y el mundo virtual, los idiomas, que tiene los ojos verdes, ganas de visitar Venecia, asma… y un trastorno mental. 

El trastorno mental es sólo una parte más de nosotros, que define sólo un trocito de lo que somos, pero no nos reducimos a eso. Todos somos mucho más que un diagnóstico, que no deja de ser simplemente una etiqueta para orientar quizás mejor a tus profesionales o familiares cercanos o incluso a ti mismo en algunas ocasiones… pero sería un error si hiciéramos de nuestro diagnóstico el centro en torno al cual ponernos a dar vueltas. Aun sabiendo esto, y quizás por el autoestigma, muchas veces tendemos a reducir gran parte de nuestra identidad a nuestro trastorno, olvidándonos de nuestra riqueza interior y centrándonos en que, sobre y ante todo, llevamos esa enfermedad con nosotros. En mi caso cuando yo hago esto me centro en mis limitaciones, mis “no puedo”, me pongo más barreras para encontrar cosas que me gusten y a las que quiera dedicar mi tiempo, y en definitiva, me hago la vida un poco más difícil de lo que ya es de por sí. 

Porque casi siempre se habla de las connotaciones que lleva consigo tener un trastorno mental en negativo. Sufres un trastorno mental, padeces un trastorno mental. Por eso me gusta el sobretítulo que aparece en la página web de ActivaMent: “Colectivo activo de personas con la experiencia del trastorno mental”. Por todo, desde la palabra “colectivo” (el sistema nos quiere aislados, pero nos tendrán en común, y juntos y organizados resulta más fácil cambiar las cosas que aislados e incomunicados), siguiendo por “activo” (no nos resignamos de forma pasiva, sino que elegimos ser activos y actuar), hasta llegar al “con la experiencia del trastorno mental” (no somos simplemente enfermos, no es esa la característica que nos define como una totalidad, sino que tenemos en nuestra experiencia, junto a muchas otras, el haber pasado por un diagnóstico en salud mental, y nos juntamos con otras personas que, como nosotras, son mucho más que un enfermo). Y nos une también la necesidad de ser reconocidos como “personas” (la última de las palabras que aparece en esa frase en la web de ActivaMent), personas completas, distintas, no sólo un diagnóstico en un informe médico. Somos mucho más que una etiqueta en un manual de psiquiatría. 

Yo misma, cuando escribo esto, me doy cuenta de que no siempre soy capaz de vivirlo así. Cuántas veces, al conocer a alguien, he sentido miedo de cuando llegara el momento de decirle que tenía diagnosticada una discapacidad de salud mental. Cuántas veces, al querer hacer alguna función de voluntariado en mi barrio, me habré sentido incómoda ante la pregunta: “¿Y por qué no trabajas?”, con miedo a decir que estaba de baja por pasar por un momento de crisis, por una mala racha, por estar todavía recuperándome de algún ingreso. Como si lo más importante que tuviera que saber quien me conoce fuera que tengo una dolencia mental, ese diagnóstico, esa etiqueta que parece cubrirme por completo. 

Pero no. Porque si, ya con una pensión por incapacidad laboral, decido dedicar unas pocas horas a la semana a alguna labor de voluntariado, lo que debe importar es mi capacidad de compromiso, de responsabilidad con mis tareas, mis ganas de participar en la comunidad, y no los prejuicios que tenga la gente sobre la supuesta dificultad de relación de las personas con problemas de salud mental, y mucho menos sus prejuicios sobre los supuestos e hipotéticos problemas que llevamos con nosotros las personas con trastornos mentales a los lugares en los que participamos. 

Por eso, yo misma tengo que recordarme a menudo que soy mucho más que mi diagnóstico, que mi vida no está sólo limitada en cuatro paredes por mi trastorno mental. Que puedo y debo hacer cosas, participar en mi comunidad, en mi barrio, en mi ciudad, que puedo y debo levantar la voz ante lo que considero injusto, que puedo y debo unirme a otras personas con problemáticas similares para defendernos y apoyarnos mutuamente, como se hace en ActivaMent. Y no anclarme en el no puedo, porque estoy “enferma”, porque es fácil que llegue a ser una trampa que nos ponemos para reducir nuestras actividades a una zona de confort en la que no tenemos que enfrentarnos a retos, pero a la vez, al menos en mi caso soy consciente de que son esos retos los que hacen de mi vida algo que merece la pena. 

Sólo espero que llegue un día que yo también haya interiorizado del todo esto, y no me dé miedo que la gente sepa de mis problemas psiquiátricos porque ya no acarreen el gran estigma que hoy sí llevan consigo. Y que yo misma entienda que cuando alguien me conoce, mi diagnóstico no borra todo lo demás que hay en mí, sino que simplemente es una parte más de mi identidad, entre muchas otras cosas que también hablan de mí, de cómo y de quién soy.

lunes, marzo 16, 2015

Runrún

Cabeza alborotada, pensamientos desatados nuevamente, el cómopuedesdecireso como respuesta imaginaria a un grito de ayuda que no lanzas, que guardas dentro bajo siete candados, llaves tiradas al mar. Echas una mirada al calendario y ves que se acercan fechas que has pospuesto en demasiadas ocasiones, y que una parte de ti, pequeña y asustada, habla de volver a retrasar porque siempre habrá un momento... pero estás cansada, sientes que te haces trampas y sigues sin ver progresos por los que poder dar la batalla, seguir dándola, año tras año tras año.

El runrún sigue, me come por dentro, me taladra la cabeza instalándose aquí, justo detrás de los ojos, como la peor de las migrañas. El runrún crece y no deja que otros pensamientos más sanos tengan su hueco, crece y me hace chica, crece y me pisotea. El runrún ladra y cualquier otra voz sólo la oigo de fondo, porque en un temible primer plano está este runrún asesino.

Y veo el círculo por el que invariablemente vuelvo a transitar y me pregunto cuántas veces más tengo que pasar por aquí para tomar de una vez la decisión que me espera. Y vuelve el cómopuedesdecireso, cómo puedes no luchar, cómo puedes hacer tanto daño, cómo puedes, cómo puedes, cómo puedes... Y yo no sé cómo puedo ser tan mala, o estar tan loca, o ser tan egoísta... pero sí sé que la vida, esa vida que se me hace grande, que se me cae encima, en la que me falta el aire... está pudiendo conmigo.

Y sigue el runrún...

Blogger O SuSo susurró...

miércoles, febrero 18, 2015

Sentimiento crónico de vacío y desesperanza

Esta frase la encontré cuando, hace mil años y alguno más, quise buscar en manuales psiquiátricos que encontré en Internet los síntomas que se agrupaban bajo el epígrafe con el que me habían etiquetado. Leí la lista, vi que cumplía con unos cuantos y otros me resultaban más ajenos, y seguí con mi vida como buenamente pude o supe. Aunque alguna de esas frases resonaran en mi cabeza como lo que serían a partir de entonces definiciones de lo que soy, de lo que puedo llegar a ser, de lo que está fuera de mi alcance.

Sentimiento crónico de vacío y desesperanza. Y pareciera que todo mi Yo debiera englobarse ahí dentro, en esas seis palabras con las que es difícil cargar, tan limitantes, tan oscuras. "Vas a sentirte siempre vacía, podrás tener amigos, amores, proyectos varios, que ninguno te llenará ni servirá para paliar tu vacío interior", como profecía que suena a aquella del Dios contrariado expulsando a Adán y Eva del Paraíso. Y pesa la sentencia, pesa hasta hacerme encorvar, cuerpo encogido sobre sí mismo. 

Y mira que han pasado los años -mil y alguno más-, y ya hace tiempo que miro los manuales psiquiátricos de otra manera, ya no busco en ellos respuestas ni parecidos y el mismo DSM me parece parcial y hasta desacertado en ocasiones, instrumento de un sistema de control social contra el que me rebelo, en otras; pero aun así sigue pesándome encima el síntoma eterno, perenne, crónico: ese sentirme vacía y desesperanzada. 

¿De veras nada puede llenarme? ¿O es quizás que, renunciando a hacer cosas, renunciando a implicarme, a mojarme, a arriesgarme a salir a espacios fuera de mi control... me he quedado con tan sólo dos o tres cosas entre las que moverme sin salir de mi zona de confort, y así, tengo demasiados momentos vacíos que me cuesta llenar y en los que me es mucho más fácil recordar lo vacía que estoy, lo vacía que me siento? Igual no es cuestión de que esté vacía yo, aquí dentro, sino de que hay demasiados segundos, minutos, horas... que sí están vacíos de actividades, en los que sólo miro a la nada desde el sofá o elijo dormir bajo el edredón que me hace olvidar el frío.

Sentimiento crónico de vacío y desesperanza. Sí, vale, bien, esa es mi tendencia. Pero igual que un pez que remonta la corriente del río, quizás no necesariamente tengo que dejarme llevar siempre y en todo momento por mi tendencia natural, aun aceptando que sea esa. Y quizás hay que partir por buscar cosas que hacer, aunque no me entusiasmen de primeras, aunque me cueste ir al principio -o a la mitad siga costando-, aunque no sean lo que de repente da sentido a mi vida. Una vida no cobra sentido por salir de casa todos los días para hacer algo, por pequeño que sea este algo, pero al menos tendría menos tiempo para pensar en lo vacía y desesperanzada que me siento.

Ya lo he pensado, ya lo he escrito. ¿Cuándo lo traslado de la mente y la pantalla del ordenador al despertador matutino?

Blogger 1Fede Ἑρμῆς susurró...

miércoles, enero 28, 2015

Segunda piel


¿Puede ser el cuerpo una prisión? A veces, cuando la ansiedad sube y se hace grande en el pecho, en los pulmones cerrados de los que se escapa el aire; o también otras, cuando la frustración y la rabia salen a borbotones, ojos y puños apretados fuerte... casi parece que el cuerpo, mi cuerpo, es demasiado chiquito para todo lo que tiene dentro, demasiado pequeño en el poco más de metro y medio de estatura que ocupo. Poco espacio para contener todas mis sombras, toda la energía que guardo dentro (esa que no ocupo en levantarme temprano, ni en andar por el barrio haciendo algo de ejercicio, ni quizás en nada demasiado útil y sí en mucho ir y venir dentro de mi cabeza), toda la tormenta desatada que a veces soy y que este cuerpo no puede resguardar, porque donde llueve a mares es dentro y no fuera. Y puede que la vieja técnica de dar puñetazos a la almohada sirva para descargar un poco, o quizás llorarlo todo, derramarse toda y dejarse llorar también a mares, como la lluvia, dejarse llorar sorbiendo por la nariz, llorar hasta que los ojos se pongan rojos y no enfoquen bien, lente de cristal de agua salada translúcida. Pero hay veces que ni eso sirve, ni eso descarga lo que llevo dentro, y hay que recurrir a alternativas menos sanas, menos cuidadosas, pero que yo sí sé que por fin aflojan la presión y relajan sin estallar en bomba que alarme a los vecinos.

Y una sensación parecida a la de ese cuerpo-prisión, cuerpo-cárcel que se antoja pequeño, extraño, equivocado, también me viene a veces a la cabeza cuando el picor de esta piel-atópica-pequeña-pesadilla sube y sube, y sé que no me debo rascar pero sólo puedo pensar en eso, única idea que rebota en mi cabeza, y escuece la crema que se supone que trata la dermatitis cuando está descontrolada, y se descontrola también la cabeza en pensamientos que vienen y van y en ningún momento del paseo se aclaran. "Toma tres pastillas en vez de una", pienso y no lo hago porque algo de lucidez queda tras el picor. "No voy a poder dormir", pienso y me suelo equivocar, porque al final, siempre al final, horas después, el sueño me vence y acabo cayendo. 

Y pienso que ojalá tuviera otra piel, ojalá pudiera quitarme esta sin necesidad de desollarme, sólo bajando la cremallera de la espalda y desembarazándome así de este cuerpo que no funciona bien, de este recubrimiento que ha salido enfermizo, débil, quebradizo, frágil hasta la náusea, que no sirve, seco, indefenso. Pero busco la cremallera y no la encuentro, ilusión óptica, tatuaje que engaña a la vista y que la mano no atina a coger. No existe, no hay, no es. Toca cargar con esta piel, este cuerpo, igual que aprendí hace años que tocaba cargar con esta cabecita loca que llevo encima de mis hombros. Y sí, cargar no debería ser la palabra, ni para la cabecita enloquecida ni para el cuerpo, el envoltorio que tiene debajo... aunque a veces, demasiadas veces, lo sea. 

Tocará aprender a cuidar no sólo de la cabeza sino también de este cuerpo, cuidarlo y mimarlo incluso, confiando en que así responda de otra manera. Quizás esto es su forma de lanzarme S.O.S. porque no le escucho... ni a él ni a su piel. Pero no hay segunda piel debajo ni puedo pedir repuestos al taller de la esquina, me temo. Habrá que recoger el mensaje embotellado que me manda de la manera que sabe.

Blogger Sue Anna Joe susurró... Blogger Sue Anna Joe susurró... Blogger Gacela susurró...

domingo, enero 11, 2015

Crónicas navideñas 2014

Y pasaron otras Navidades más, y acabó el 2014 y entramos con buen pie en el 2015 y parecía que, por una vez, todo salía como se esperaba o incluso mejor. Para las fiestas nos reunimos toda mi chiquita familia y hasta los que llevaban años evitando coincidir en un mismo espacio-tiempo por aquello de no tener que dirigirse la palabra, se reunieron también y no saltaron las alarmas ni llovieron las puñaladas (aunque hubo algo parecido a una katana y también una estrella ninja que pasó de unas manos a otras).

Este año, que me pillaba ya siendo pensionista por enfermedad, tuve la sorpresa de la paga extra (años que llevaba sin ver algo así en mi cuenta bancaria), así que pude perderme varios días por distintas tiendas buscando el regalo que hiciera sonreír a mi madre, mi chico, mi prima ya-no-tan-pequeña, sin ir restando mentalmente de la cuenta corriente para no quedarme en números rojos. Y en la mañana del 25 de diciembre, nuestro árbol de Navidad amanecía como veis en la foto, casi con el cartel de "Completo".

También conseguí que la última noche del año, que para mí es especial aunque ya sé que es una hoja más del calendario... pero esa última noche la disfruté, primero con la familia de mi chico y la pequeña bebé que ha ido creciendo con ellos este año, y luego tomando las uvas, brindando y finalmente celebrando el nuevo año con nuestra gente en el centro social que hemos conseguido mantener abierto estos meses a pesar de la orden de desalojo que pende sobre él. 

Y ahora aquí estamos, con el 2015 ya iniciado y algunas de las mismas dudas que siempre tengo, de nuevo dando vueltas cabeza arriba, cabeza abajo. ¿Me mantendré mínimamente estable este año? ¿Tendré que visitar, como el año pasado y el anterior, la estancia de paredes blancas y mesas verdes? ¿Conseguiré organizar mi tiempo, plantearme actividades que me hagan salir de casa y, más importante aún, que me hagan sentir útil, válida, que me hagan sentir que despertarme día tras día merece la pena?

Es un año nuevo que está por construir, y ya veremos después si construyo una cárcel o un jardín soleado. La suerte está echada.

Blogger Fernando Arturo Demichelli Martinez susurró...